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miércoles, 27 de julio de 2022

LAS EVIDENCIAS

 

El cuchillo manchado de sangre yacía en sobre la alfombra. Miradas buscando culpables alrededor. Salvo por Laura, que lloraba sobre el cuerpo inerte de Juan.

El edificio de apartamentos, en lugar tranquilo; el administrador del inmueble tratando de entender. El vecino de a la par miraba para todos lados, el investigador tomaba nota con su mirada fija en su libreta, los agentes de la policía con sus lámparas buscando recabar evidencias.

Laura se le tiró al investigador, tomándolo por la solapa de su gabardina, pidiéndole justicia e investigar. El vecino con su mirada fija, no le bajaba la mirada el investigador. El administrador alegaba porque ahora ¿Quién le iba a pagar la renta de los dos meses que le debían?

Saúl se retiró de la escena. Como buen investigador ya llevaba toda la información que necesitaba. Miró a Laura con ternura y colocando la mano sobre su hombro le dijo que todo se iba a resolver.

Volteó a ver al vecino, quien le continuaba mirando a los ojos con nerviosismo. Se le acercó y le preguntó si le sucedía algo, a lo cual el vecino le respondió con la negativa, volteándose y caminando hacia su apartamento, ingresando y cerrando la puerta de un solo golpe.

Saúl disponía a retirarse cuando escuchó el abrir de una puerta, era el vecino; quien le dijo que podía conseguir el video del asesinato, ya que el tenía cámaras escondidas en el pasillo y que seguramente grabaron al asesino. Pero que el video lo podía descargar al día siguiente, ya que las imágenes se grababan en el servidor que se ubicaba en su empresa.

Saúl sorprendido, le persuadió que, por ser un crimen, fueran en ese momento. El vecino hizo un par de llamadas y salió rumbo a su oficina.

Saúl le dijo que llegaba en un par de horas en lo que iba a revisar evidencias a la comisaría. Regresó la mirada a Laura y le pidió tranquilidad, prometiéndole que todo iba a estar bien.

Llegó a la comisaría y a los investigadores que le acompañaban les pidió que llevaran las evidencias que habían encontrado. Se encerró en su oficina y en unos minutos salió con su maletín y se dirigió hacia el trabajo del vecino, que era experto en informática. Él ya lo estaba recibiendo con un café y unas donas, Saúl le agradeció.

Y sin tanto preámbulo le preguntó si ya había visto las cintas, y el vecino le dijo que sí; pero que no podía reconocer al único individuo que aparece en las tomas, ya que iba todo de negro, con un sombrero, lentes oscuros y por las restricciones de la pandemia también iba con mascarilla. Así que no lo pudieron reconocer.

Saúl con su ojo experto, observó un detalle que el vecino no vio. Se puso nervioso. Le preguntó desde cuándo tenía las cámaras colocadas. Y el vecino le comentó que desde hace unas cuatro semanas. En lo que estaban platicando de la instalación, el vecino detuvo la reproducción y con realización le dijo a Saúl: <mire… mire eso… ahí tiene la primera pista.>

Saúl se había percatado, solo que no había dicho nada. En ese momento le pidió una copia de la grabación y le pidió borrarla de sus sistemas para no entorpecer la investigación. Esperó a que la labor fuera realizada y le pidió al vecino que se regresara a su casa, agradeciéndole su buen trabajo y el café de esa noche fría y lluviosa.

Ambos se retiraron, el vecino estaba a unas calles de llegar, cruzó por una calle silencia y un tipo se le hizo el alto.

<Ahora qué…?>- alcanzó a decir el vecino y solo sintió un frío ligero que recorría su cuello que luego se convirtió en líquido viscoso caliente que recorría su cuello y caía sobre su ropa; se tomo su cuello con las manos y ya no pudo detener el sangrado. Le habían cortado el cuello.

Saúl, se dirigió a los apartamentos, pasó validando la escena del crimen. Ya el cuerpo había sido retirado, Laura aún sentada en las gradas de entrada del edificio; lloraba. Él se sentó a la par de ella, la trató de consolar. Luego se paró y se dirigió a la habitación del vecino, quien no había llegado.

Saúl más tranquilo, metió su mano en el bolsillo, extrajo una llave y abrió la habitación. Inició su búsqueda y encontró lo que buscaba. El servidor que trasladaba la información de las cámaras hacia la oficina, lo tomó y lo metió en su maletín.

Con ello se aseguraba que nadie pudiera tener acceso al video en donde aparecía claramente la pulsera de oro que el vecino y él vieron en el video del posible asesino de Juan. Era la pulsera que Laura le había regalado a Saúl cuando eran prometidos, la pulsera que Saúl aún utilizaba. Ya que aún amaba a Laura y ahora tenía el camino libre para tratar de estar con ella.

Para Saúl, las evidencias ya habían sido borradas.

viernes, 2 de julio de 2021

LA CASA Y EL NIÑO

Edwin y Carlos ya no sabían cómo agradar a su nuevo jefe de la redacción de la revista de investigaciones insólitas. Y peor aún en esa mañana les asignó el ir a realizar un reporte a una casa en donde dicen que espantan a los que la llegan a habitar. Ellos ya habían realizado reportes en hospitales, hoteles y hasta cementerios y no habían visto nada de nada. Ahora ir a una casa, pues otra experiencia más en donde seguramente no iban a encontrar nada.

Prepararon sus cosas y salieron de la oficina, no sin antes llegar a la oficina del jefe para reportarse que iban a realizar la investigación que les había asignado. El jefe con una sonrisa fingida les deseó buena suerte y magnífica experiencia.

Salieron de las instalaciones y no podían dejar de su protocolo previo al inicio de cada reportaje; pasar comiendo un pan con chile relleno y una taza de café a la caseta de doña Lupita (DL). Y aprovechar a echarse la plática respectiva mientras consumían los alimentos.  “¿Y hoy a que espanto van a tratar de encontrar?”- pregunta DL mientras les preparaba el pan francés, al cual le ponía una hoja de lechuga fresca, le colocaba encima el chile relleno, y luego le dejaba caer una cucharada de salsa natural, mayonesa y salsa picante; para finalizar la tarea tapándolo con la otra rebanada de pan y envolverlo en una servilleta para entregarlo al comensal.

“Pues, vamos a una casa que nos mandó el nuevo jefe. Dice que espantan, pero vamos a ver que tal.” – Respondió Carlos

DL:  -“Y ¿Dónde queda esa casa pues.”

Carlos: -“Allá por la calle de los árboles saliendo de la ciudad para occidente”.

DL: - “¿mmmm, es en dónde dicen que las familias que llegan a vivir no duran el mes de estar ahí y se van?”

Edwin: -“Pues a saber usted, mi jefe dice que espantan. Pero ya ni creo en esas cosas, recuerde que le hemos contado que hasta hemos ido a dormir a los cementerios y solo nos han aparecido resfríos y gripes por estar ahí zampados hasta que amanezca.”

DL: -“Vayan pues y siempre atentos y con cuidado.”

Terminaron de comer, se despidieron y salieron rumbo a la casa referida.



Transcurrió cerca de 45 minutos de trayecto. “Hubieran sido 25min si estos putos semáforos estuvieran sincronizados y sin el accidente del camionetero y motorista a medio camino. Pero en fin, ya llegamos.” – dijo Carlos.

Bajaron del carro, apreciaron la casa; la cual no estaba descuidada. Verificaron el número de casa y la ubicación en el “güeis” y se dirigieron a tocar el timbre.  Justo en ese momento abrieron la puerta de la casa y salió una joven como de 20 años a recibirlos: “buenos días; escuché la llegada del carro y vine a ver quién era.”  Carlos saludó y con mucha educación preguntó si podría platicar con alguno de los padres; mientras le explicaba que era de una revista y quería hacer un reportaje de la casa.


La joven le pidió que esperara y entró a llamar a uno de ellos seguramente.

En cuestión de segundos aparece un señor, se queda parado en la puerta y desconfiado, pregunta respecto a qué necesitan.

Edwin, más directo y ante la presencia seria del señor, le responde que son reporteros y que han recibido información que en esa casa asustan. Y que le piden permiso para poder ingresar.

El señor les pidió sus credenciales e identificación.  Y claro, luego de ver que Carlos no le desprendía la vista a su joven y bella hija. Era para menos, la desconfianza era mayor.

“Pasen por favor, y se comportan allá adentro porque seguro platicaremos de muchas cosas”. Les invitó el señor.

Entraron y la sala les daba la bienvenida, un sofá para tres personas y dos butacas, una mesa de madera y las respectivas fotografías familiares en un mueble que soportaba un televisor y un equipo de sonido.

Se acomodaron en el sofá y apareció la señora de la casa, más amable que el señor y la hija los dejó y se retiró al comedor, que se encontraba justo a la par de la sala.

Se presentaron y explicaron a lo que iban y quería saber de ellos que eran los habitantes de turno que les explicaran.

La pareja de esposos se miró entre ellos, se quedaron serios y les empezaron a comentar en voz baja que en efecto ahí les espantaban principalmente en la tarde y noche cuando es escuchaban pasos pequeños y la voz de un niño. Ellos creían que era un niño que había fallecido en un accidente con toda su familia. Les invitó a que se quedaran, les invitaron a almorzar; incluso les ofrecieron que si se querían quedar a pasar la noche lo hicieran.

Pasaba el tiempo y nada extraño. Miraron programas de televisión con el señor y la hija; jugaron juegos de mesa; la señora les llevaba galletas y bebidas. Todo para pasar el tiempo esperando algún evento anormal que no se dio.

Ya tenían cerca de 8 horas de estar en casa de la familia y mejor decidieron retirarse. Una llamada al teléfono móvil de Carlos los detuvo, lo mira y le dice a Edwin:  -“Puta, el jefe vos… va a pensar que andamos de peluche”

“Aló Jefe, buena tarde.” “Sí, por acá estamos, pero ninguna novedad; ya vamos a salir y mañana le contamos.”

En ese preciso momento, la señora de la casa empieza a gritar que escucha la voz del niño, la jovencita salió corriendo del comedor hacia la sala; asustada. El señor mantenía la calma.

 

Carlos cortó la llamada, miró a Edwin y le dijo en silencio: “Yo no escucho ni mierda”.

La familia estaba inquieta. Carlos y Edwin les preguntaban de dónde provenía la voz del niño. Les respondían que ahí en la sala y el comedor pero que ya no se escuchaba.

Decidieron retirarse de la casa, agradecieron la hospitalidad y de regreso para preparar el material.

Al llegar a la oficina, entraron y ahí estaba el jefe esperándolos; fumando un cigarrillo y una sonrisa ligeramente malévola en los labios. “¿Cómo les fue?”- preguntó. Carlos y Edwin, extrañados y ahí sí algo temerosos le contaron que estuvieron con la familia de turno que pasaba por la casa y que hubo un momento en que ellos escucharon la voz del niño.

“Mmmmm…. “ -expresó el jefe y continuó: “Vean esta fotografía y me dicen que ven.” Se la entregó a Carlos.

“¿Usted ya los conocía verdad? De plano les dijo que íbamos a llegar y prepararon todo el montaje para hacernos creer que estaba embrujada la casa. Se la echó buena jefe” – le dijo Carlos sonriendo.

Luego el jefe se pone serio y pregunta: “Y….. ¿vieron al niño de la fotografía?”

Edwin responde: “No jefe”.

El jefe de nuevo: “mmmmm….. a la jovencita como de 20 años la vieron?”

Carlos: “Sí jefe, muy bonita y su voz me dejó impresionado; si yo tuviera su edad créame que ……”

“¡Cállese Carlos!”- le increpa el jefe y continúa “Pues el niño de esta fotografía soy yo; ella es mi hermana mayor, debería tener 55 años; ella y mis padres fallecieron en un accidente de carro, donde solo yo sobreviví. Ellos están enterrados en el jardín de la casa y todos los que llegan a habitar ahí escuchan ruidos siempre que yo llego o llamo por teléfono. Si vamos mañana a la casa, verán que ya no encontrarán a nadie viviendo en ella. Pueden retirarse a descansar.



Carlos y Edwin salieron incrédulos ante su experiencia inexplicable en la casa de infancia del jefe.

viernes, 27 de enero de 2017

DELFIN DE ORO

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Primer día de clases de por sí puede llegar a ser de alegría para unos, ya que conocerán a nuevas personas, se reunirán con sus amigos de años anteriores, porque es un nuevo reto de otro año para acercarse a su meta de cerrar su carrera, ya sea de nivel medio o universitario;  y también de tedio para muchos otros que empiezan a padecer con las despertadas temprano, el buscar el transporte para que los trasladen al centro educativo (para los que no cuentan con vehículo propio y que normalmente es la mayoría de estudiantes), la realización de tareas, etcétera. “No hay dos glorias juntas” decían por ahí.

Y, así pues, una muchacha que estudiaba la carrera de medicina, prácticamente a media carrera, era del listado de las personas que se tomaba con alegría el inicio de un nuevo ciclo académico. La “majito” le decían, parecía una niña adolescente a pesar de contar con apenas veintiún años; una jovencita menudita, de estatura promedio, pelo liso y largo de color castaño, con ojos picaros de un color miel y lo más envidiable que siempre estaban con una sonrisa y una actitud positiva ante la vida ya sea en la bonanza y las adversidades, y por supuesto un carácter sólido, recio y decidido. Esta su manera de ser la hacía atractiva hacia el sexo opuesto, que si bien es cierto no era precisamente una mujer de portada de las revistas que promocionaban trajes de baño; era agraciada y los hombres hacían hasta lo imposible para poder ganársela y buscar una relación con ella, pero por su mismo carácter los mandaba a volar ni bien habían empezado con el protocolo de conquista. Majito al platicar con sus amigas argumentaba “estos calenturientos, mejor que estudien y luego que me gane el que realmente demuestre que se quiere superar igual que yo. Yo no pienso tener novio hasta no terminar esta carrera que merece atención y concentración.”

Como cada año, desde que finalizó la educación media como maestra de primaria, la Majito se dedicaba a estudiar su carrera universitaria por las mañanas y por las tardes tenía un trabajo temporal de dar clases o tutorías a los niños para poder obtener ingresos y así poder aportar económicamente un ingreso extra en su hogar y poder pagar algo de su carrera la cual requería mucha inversión en textos y materiales.

Pero ese año todo cambió y de la forma en que Majito menos se esperaba y que no tenía contemplada. Le tocaba recibir un curso nuevo dentro del pensum, relacionado a aspectos legales y otros temas relacionados. Ella ya contaba con el programa del curso y el primer día de clases de mala fortuna por un accidente sobre la carretera que ella debía tomar diariamente para ir a la universidad, se había retrasado y no llegó en tiempo. “El viejo ese de plano pasó lista y apareceré ausente el primer día de clases, lo voy a ir a buscar durante el receso”.

Majito llegó a la Universidad, segura de que repondría esa inasistencia, tomó el resto de cursos del día y durante el receso se dirigió hacia el salón de catedráticos decidida a negociar la inasistencia al curso. Al asomarse al salón, justo lo que ella sospechaba, un puñado de catedráticos que sobrepasaban los cuarenta y cinco años de edad (en apariencia), y ella se preguntaba “¿ahora cuál de estos viejos será?” Y por primera vez sintió vergüenza al tener que imaginarse que tenía que ir a preguntar de quien era el catedrático de un curso al cual ella no asistió el primer día. En ese instante en que se había aclarado la voz para dirigirse a investigar quién era el tal “viejo” que le daba ese curso, escuchó una voz ronca y seria detrás de ella y una palmada en el hombro que le dijo: “Señorita, tengo el ligero presentimiento que está usted buscándome”. Majito volteó decidida y al descubrir al personaje que le hablaba, quiso que se abriera la tierra para ella desaparecer en ese momento, se quedó con la lengua amarrada, trataba de articular la voz y no sabía ni que decir, en fin, los nervios se la ganaron.

“Tranquila y disculpe que la haya asustado; pero sus compañeras de clase me dijeron que venía a buscarme al salón y por eso vine hacia acá y bien, dígame ¿cómo puedo ayudarle?” 

Majito seguía sin articular palabra y sus ojos color miel abiertos en su totalidad; esto sucedía mientras una risa sarcástica, adornada con una dentadura perfecta y brillante y una mirada penetrante de unos ojos grises verdosos que la traspasaban directamente de parte de un catedrático que medía cerca del 1.90mts de estatura, complexión atlética, dando la impresión a primera vista que hacía esas cosas de Pilates y ejercicios fitness para mantener un cuerpo esbelto; esto aunado su tez bronceado natural y su barba a medio afeitar, con una vestimenta que contrastaba con la del resto de catedráticos que usaban traje completo; un jeans de apariencia desgastado, una playera de color celeste con cuello en V, y un saco tipo blazer. Daba la impresión de que acababa de darse un duchazo, el pelo color café tirado hacia atrás y una loción con aroma a madera. En fin, la Majito estaba rendida ante su nuevo catedrático. “A este mejor le saco una cita en lugar al perdón por mi ausencia” decía Majo en sus adentros.

Pero se logró controlar al ver a semejante profesional que era como ver a una mariposa monarca en medio de un nido de ronrones.

“Perdón doc.”.. y tragó saliva la pobre Majito y trató de continuar: “Es que… Es que… ayer… mire pues… ayer… un accidente… y bueno… atrancazón… y… el tráfico…. Y….”   El catedrático en seco le paró, con educación, pero le pidió detener su incomprensible argumento… “Tranquila, entiendo; no se preocupe, a otros tres estudiantes más les pasó lo mismo; no tomaré en cuenta esa inasistencia; mejor vaya a tomarse un cafecito y luego me busca” y luego del comentario el catedrático le guiñó el ojo picarescamente; dio la vuelta y se despidió con un movimiento de la mano derecha.

La Majito quedó todavía tratando de ordenar ideas y articular palabra alguna. Ni quiso volver a mirar para buscar la figura del catedrático dentro del mundo de estudiantes que transitaban por los pasillos; decidió retirarse, tranquilizarse y prepararse mentalmente para poder manejar su comportamiento y sus nervios en las siguientes clases en donde era un hecho que iba a verse cara a cara con el catedrático.

Durante esa semana, Majito asistió a su clase dos veces y fue suficiente para que ambos quedaran más que flechados. Majito continuaba con su nerviosismo evidente cada vez que platicaba con él, aunque sus ojos color miel la delataban por las miradas que se cruzaba con el catedrático; miradas de complicidad en donde el catedrático era más discreto y mantenía la seriedad del caso ante la mirada de enamorada de Majito.

Al salir de la última clase de la semana, el catedrático, que ya se había presentado en clases como el doctor Kamp (de origen europeo); se encontraba sentado detrás de una de las columnas del complejo universitario, justo en el sector de la salida en donde todos los estudiantes recorrían al momento de finalizar las clases. Dentro de un grupo de estudiantes iba Majito y el doctor Kamp la divisó y fue en búsqueda de ella. “Hola Majito, disculpe que le moleste, pero tengo una duda con la investigación que entregó hace un par de días.”

Majito extrañada, asombrada y al mismo tiempo encantada de la vida, decidió ser cómplice de esa solicitud, ya que ella bien sabía que ese era un pretexto claro que buscaba el doctor Kamp para entablar conversación con ella.

“Buena tarde doctor Kamp, gusto en saludarle; dígame ¿cómo puedo ayudarle?” le respondió Majito tratando de mantener la seriedad y cordura. “Para usted solamente Richard por favor Majito” le indicó el colegiado. Majito parecía caer derretida a sus pies, pero logró contenerse.

Luego de ese intercambio de saludo en donde dejaron abierta la confianza, empezaron a platicar sobre la universidad, temas personales de cada quien como deportes, aficiones, pasatiempos, viajes y cerraron la conversación en lugares favoritos para ir a comer o bien la comida preferida de cada uno. Y en ese último tema fue donde Richard le propuso a Majito ir a comer a un restaurante cerca, en dónde vendían postres y un buen café. Ahí se les fue la tarde, ambos enamorándose, se tomaron de las manos y se besaron. Prometieron no decir nada y así cerraron la cita de ese día.

Luego, durante las siguientes dos semanas salían a diario y disfrutaban tal cual pareja de novios; iban al cine, cenaban, jugaban boliche, entre muchas más. Ese viernes de la última semana, habían quedado de ausentarse los dos de la Universidad, igual ese día ellos no coincidían en la misma clase a lo cual nadie podría sospechar.

Acordaron reunirse en la universidad y salir en un solo carro hacia la playa y luego al final del día regresar al mismo punto para que luego cada quien pudiera retirarse para su casa. Y así fue, Majito fue la primera en llegar y casi ni tuvo que esperar y apareció Richard, algo agitado y con cara de preocupación por no haber sido tan puntual para la hora del encuentro. Richard le pidió a Majito que se fueran en el carro de ella, ya que el de Richard tuvo problemas por la mañana con su vehículo y su hermano lo había ido a dejar a la universidad.

Se subieron al carro de Majito y se fueron a su escapadita, todo el trayecto hacia el puerto de San José fue de lo mejor, había buen clima, pasaban en cada tienda de conveniencia de las gasolineras para tomarse una cerveza, se disfrutaban; se besaban, se abrazaban, reían; tenían un aura espectacular de pareja ideal; iban como que si estuvieran de viaje a su luna de miel.

Ya cuando iban llegando a la playa, Richard le empezó a decirle a Majito el camino a tomar; ella pensaba que sería ir a pasarla bien a la playa pública, un restaurante, bañarse, cervezas y estar tomados de la mano a la orilla del mar; pero resulta que el camino los llevaba a una casa que Richard había alquilado a orillas del mar. Majito ingresó al área de parqueo y ella ya mostrando un poco de nervio, Richard solo se rio, la tomó de la mano, le dio un beso en los labios y la invitó a pasar. Había creado un ambiente romántico de un gran enamorado. Majito sabía que iban a ir a la playa, pero no que estarían en una casa, solos los dos, ella ya no sabía qué hacer; su corazón y cuerpo le decían que se quedara, su mente todavía racionaba, pero que al mismo tiempo no le convencía.

Richard le invitó a conocer el recinto y le señaló un dormitorio para se pusiera el traje de baño y así, ir a caminar a la playa; el hizo lo mismo, se fue a otro dormitorio y se colocó el traje de baño.

Eran cerca de las ocho de la mañana y disponían para estar ahí hasta las cuatro de la tarde, para que, al regresar a las seis de la tarde, pudieran llegar a la universidad justo a la hora de salida y así nadie sospechar nada. Justo lo esperado por Majito y para tranquilidad de ella; disfrutaron de la playa, caminaron, se tomaron unas cuantas cervezas y comieron en un restaurante; luego decidieron regresar a la casa para alistar sus cosas y así regresar.

Majito decidió darse un duchazo antes de salir de regreso a la ciudad, lo bueno es que cada habitación tenía su propia ducha, así que ella ya estaba tranquila, pero luego de la caminada, quemada y platicada; ahora a ella le preocupaba que se acabara el día y que hasta ahí quedara el día feliz que tuvo con Richard.

Al salir de la ducha, ella con su bata puesta; se encontró a Richard, con una mirada única; perdido en los ojos de Majito y una sonrisa de afecto que no le había visto en los pocos días de estar juntos.

Richard se acercó a ella y le dijo: “eres lo más bello que mis ojos hayan visto y esto será para siempre”. La abrazó, la besó y de su mano apareció una cadenita o gargantilla de la cual pendía un pequeño delfín de oro el cual colocó a Majito alrededor de su cuello.

Luego la volvió a besar y Majito ya no dijo nada, solamente se dejó llevar hasta tocar el cielo.

Ya cercano el atardecer iniciaron el retorno a la capital, ambos quisieron regresar abrazados todo el viaje; pero uno de ellos tenía que manejar y al ser el carro de Majito, ella manejó de la playa a la ciudad capital. Seguían hablando de planes, se tomaban de la mano, en cuanto podían se besaban. Eran felices. Ella no dejaba de mirarse al retrovisor del vehículo para ver cómo lucía el delfín dorado encima de su piel bronceada.

Estando en la capital, al acercarse a la universidad; Richard le dice a Majito que, para evitar sospechas, porque era la hora de salida; entonces que lo dejara unas dos calles antes del parqueo, igual a él lo iría a traer su hermano y que mejor que nadie los viera juntos para evitar los comentarios respecto a su relación.

Majito lo dejó, y de igual forma decidió entrar a la universidad ya que necesitaba unos documentos precisamente para elaborar un trabajo para la clase que impartía Richard. “Ahora menos que le quede mal a mi amado” dijo entre si Majito.

Ya todos iban saliendo, así que de lejos medio saludó a sus compañeros de clase y ella iba a toda velocidad al aula y pensando “ojalá lo pueda ver dentro de la U”.

Al entrar a la clase vió a un joven, parecido a Richard…” puta, su hermano y yo vine antes que él” -dijo Majito para sí misma. Trató de actuar con naturalidad, pero el hermano no estaba solo, estaba con el decano de la facultad y con otra señora, elegante, vistiendo un elegante vestido negro, con joyas desde las manos, hasta las orejas, cuello y por todos lados; daba la impresión de que Richard era de muy buena familia.

Eran justo las seis de la tarde, y las tres personas se le quedaron mirando a Majito; el hermano se acercó y le dijo: “Tengo entendido que has estado saliendo con mi hermano”… Majito quiso morirse, deseaba que llegara Richard, al hacerse para atrás y tratar de salir corriendo, el hermano y el decano trataron de tomarla de los hombros; ella forcejeó y les dijo que no iba a salir corriendo. Dentro de ese forcejeo, ella se tomó el cuello y ya no se sintió la cadena que Richard le había dado con el pendiente del delfín de oro. “Me lo reventaron estos cerotes”- pensó Majito.

Ella iba a recriminarles su acto desagradable de tratar de retenerla a la fuerza y escuchó la voz de la madre: “Majito, tranquila; me disculpo por el actuar de mi hijo y el decano; pero Richard nos pidió que te entregáramos esta carta y esta cajita; ya que luego de un accidente que tuvo hace dos días; en donde tuvo hemorragia interna; falleció hoy por la mañana”


Majito cayó sentada en un pupitre del aula, sintió un escalofrío terrible; no entendía lo sucedido en todo ese día viernes en donde ambos disfrutaron y se entregaron. Ella abrió la carta y decía: “Para que me tengas siempre en tu corazón” y abrió la cajita y encontró la cadena y el pendiente del delfín de oro.

jueves, 5 de noviembre de 2015

JOAQUIN EL GOLEADOR

Resultado de imagen para niño futbolistaEn aquellos tiempos en los inicios de los ochenta; en los campos de fútbol improvisados en la 15 calle y 14 avenida en el barrio Gerona; jugaban “paritos” cuatro amigos; Guillermo, José, Juani y Joaquin, todos contaban con sus ocho añitos; no vivían cerca y sin ponerse de acuerdo, todos los días se encontraban en este punto a las cuatro de la tarde para improvisar con un par de postes, las porterías que les servirían para iniciar el juego de futbol.

Joaquin era el apetecido por cualquiera de ellos para que fuera su pareja, ya que a pesar de su edad jugaba como los grandes; tenía dominio de balón y una pegada magistral, balón que pateaba lo colocaba en el ángulo. A pesar de sus habilidades que sobrepasaban a la de los otros tres amigos, nunca perdió la humildad y siempre le agradecía a Guillermo, José y Juani el que siempre se presentaran puntuales a la cita diaria y ponerse a jugar y siempre finalizar a las seis de la tarde; hora en la que cada quien se dirigía a su hogar.

Cuando el barrio se fue poniendo peligroso, muchas familias decidieron cambiar de lugar de vivienda, siendo justamente las de Guillermo, José y Juani; de Joaquin no se enteraron ya que al parecer él era el que vivía en las afueras del barrio y ya ni tiempo tuvieron de llegar a la cita del jugo y ni mucho menos despedirse de él.

Pasó el tiempo y por cosas del destino estos tres amigos coincidieron en la institución educativa en donde cursarían los últimos dos años para el cierre de su carrera de nivel medio. Ya contaban con quince años de edad, se habían afianzado como grandes atletas y perfeccionaron su nivel de fútbol. En uno de esos ataques irreverentes de adolescentes decidieron recordar viejos tiempos y regresar a su querido barrio Gerona a buscar el terreno en donde hacían el campo improvisado.

Luego de siete años de haberse mudado y no haber regresado a Gerona, luego de salir del instituto a eso de las dos de la tarde, tomaron una camioneta que los dejaría en la esquina de la entrada del barrio, a escasas dos calles de donde se reunían para jugar fútbol.

La decepción fue tal al llegar, que cuando encontraron el terreno en donde jugaban de niños, ya no era “aquel” terreno; ahora era un predio de carros abandonados que confiscaba la policía nacional. Pero aun así decidieron arriesgarse y a media calle se dispusieron a jugar ellos tres, ya que de Joaquín ya no supieron desde que se fueron.

Transcurrió la tarde y los tres hacían tiros hacia una malla toda oxidada que servía de portería, cuando en un instante, Juani pateó desviado y la pelota se dirigía hacia un terreno privado cuando apareció un niñito de ese terreno de aproximadamente ocho años, tomó el balón y lo pateó con fuerza hacia la malla, con un tiro soberbio de antología.


Los tres amigos se quedaron viendo sorprendidos a aquel niño, que con una sonrisa les dijo: “gracias amigos, han sido los únicos amigos que no se han olvidado de mí; regresen pronto, acá siempre los esperaré”. Era Joaquín, quien les dio un adiós con la mano y salió corriendo hacia el terreno privado desvaneciéndose en el atardecer.