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viernes, 27 de enero de 2017

DELFIN DE ORO

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Primer día de clases de por sí puede llegar a ser de alegría para unos, ya que conocerán a nuevas personas, se reunirán con sus amigos de años anteriores, porque es un nuevo reto de otro año para acercarse a su meta de cerrar su carrera, ya sea de nivel medio o universitario;  y también de tedio para muchos otros que empiezan a padecer con las despertadas temprano, el buscar el transporte para que los trasladen al centro educativo (para los que no cuentan con vehículo propio y que normalmente es la mayoría de estudiantes), la realización de tareas, etcétera. “No hay dos glorias juntas” decían por ahí.

Y, así pues, una muchacha que estudiaba la carrera de medicina, prácticamente a media carrera, era del listado de las personas que se tomaba con alegría el inicio de un nuevo ciclo académico. La “majito” le decían, parecía una niña adolescente a pesar de contar con apenas veintiún años; una jovencita menudita, de estatura promedio, pelo liso y largo de color castaño, con ojos picaros de un color miel y lo más envidiable que siempre estaban con una sonrisa y una actitud positiva ante la vida ya sea en la bonanza y las adversidades, y por supuesto un carácter sólido, recio y decidido. Esta su manera de ser la hacía atractiva hacia el sexo opuesto, que si bien es cierto no era precisamente una mujer de portada de las revistas que promocionaban trajes de baño; era agraciada y los hombres hacían hasta lo imposible para poder ganársela y buscar una relación con ella, pero por su mismo carácter los mandaba a volar ni bien habían empezado con el protocolo de conquista. Majito al platicar con sus amigas argumentaba “estos calenturientos, mejor que estudien y luego que me gane el que realmente demuestre que se quiere superar igual que yo. Yo no pienso tener novio hasta no terminar esta carrera que merece atención y concentración.”

Como cada año, desde que finalizó la educación media como maestra de primaria, la Majito se dedicaba a estudiar su carrera universitaria por las mañanas y por las tardes tenía un trabajo temporal de dar clases o tutorías a los niños para poder obtener ingresos y así poder aportar económicamente un ingreso extra en su hogar y poder pagar algo de su carrera la cual requería mucha inversión en textos y materiales.

Pero ese año todo cambió y de la forma en que Majito menos se esperaba y que no tenía contemplada. Le tocaba recibir un curso nuevo dentro del pensum, relacionado a aspectos legales y otros temas relacionados. Ella ya contaba con el programa del curso y el primer día de clases de mala fortuna por un accidente sobre la carretera que ella debía tomar diariamente para ir a la universidad, se había retrasado y no llegó en tiempo. “El viejo ese de plano pasó lista y apareceré ausente el primer día de clases, lo voy a ir a buscar durante el receso”.

Majito llegó a la Universidad, segura de que repondría esa inasistencia, tomó el resto de cursos del día y durante el receso se dirigió hacia el salón de catedráticos decidida a negociar la inasistencia al curso. Al asomarse al salón, justo lo que ella sospechaba, un puñado de catedráticos que sobrepasaban los cuarenta y cinco años de edad (en apariencia), y ella se preguntaba “¿ahora cuál de estos viejos será?” Y por primera vez sintió vergüenza al tener que imaginarse que tenía que ir a preguntar de quien era el catedrático de un curso al cual ella no asistió el primer día. En ese instante en que se había aclarado la voz para dirigirse a investigar quién era el tal “viejo” que le daba ese curso, escuchó una voz ronca y seria detrás de ella y una palmada en el hombro que le dijo: “Señorita, tengo el ligero presentimiento que está usted buscándome”. Majito volteó decidida y al descubrir al personaje que le hablaba, quiso que se abriera la tierra para ella desaparecer en ese momento, se quedó con la lengua amarrada, trataba de articular la voz y no sabía ni que decir, en fin, los nervios se la ganaron.

“Tranquila y disculpe que la haya asustado; pero sus compañeras de clase me dijeron que venía a buscarme al salón y por eso vine hacia acá y bien, dígame ¿cómo puedo ayudarle?” 

Majito seguía sin articular palabra y sus ojos color miel abiertos en su totalidad; esto sucedía mientras una risa sarcástica, adornada con una dentadura perfecta y brillante y una mirada penetrante de unos ojos grises verdosos que la traspasaban directamente de parte de un catedrático que medía cerca del 1.90mts de estatura, complexión atlética, dando la impresión a primera vista que hacía esas cosas de Pilates y ejercicios fitness para mantener un cuerpo esbelto; esto aunado su tez bronceado natural y su barba a medio afeitar, con una vestimenta que contrastaba con la del resto de catedráticos que usaban traje completo; un jeans de apariencia desgastado, una playera de color celeste con cuello en V, y un saco tipo blazer. Daba la impresión de que acababa de darse un duchazo, el pelo color café tirado hacia atrás y una loción con aroma a madera. En fin, la Majito estaba rendida ante su nuevo catedrático. “A este mejor le saco una cita en lugar al perdón por mi ausencia” decía Majo en sus adentros.

Pero se logró controlar al ver a semejante profesional que era como ver a una mariposa monarca en medio de un nido de ronrones.

“Perdón doc.”.. y tragó saliva la pobre Majito y trató de continuar: “Es que… Es que… ayer… mire pues… ayer… un accidente… y bueno… atrancazón… y… el tráfico…. Y….”   El catedrático en seco le paró, con educación, pero le pidió detener su incomprensible argumento… “Tranquila, entiendo; no se preocupe, a otros tres estudiantes más les pasó lo mismo; no tomaré en cuenta esa inasistencia; mejor vaya a tomarse un cafecito y luego me busca” y luego del comentario el catedrático le guiñó el ojo picarescamente; dio la vuelta y se despidió con un movimiento de la mano derecha.

La Majito quedó todavía tratando de ordenar ideas y articular palabra alguna. Ni quiso volver a mirar para buscar la figura del catedrático dentro del mundo de estudiantes que transitaban por los pasillos; decidió retirarse, tranquilizarse y prepararse mentalmente para poder manejar su comportamiento y sus nervios en las siguientes clases en donde era un hecho que iba a verse cara a cara con el catedrático.

Durante esa semana, Majito asistió a su clase dos veces y fue suficiente para que ambos quedaran más que flechados. Majito continuaba con su nerviosismo evidente cada vez que platicaba con él, aunque sus ojos color miel la delataban por las miradas que se cruzaba con el catedrático; miradas de complicidad en donde el catedrático era más discreto y mantenía la seriedad del caso ante la mirada de enamorada de Majito.

Al salir de la última clase de la semana, el catedrático, que ya se había presentado en clases como el doctor Kamp (de origen europeo); se encontraba sentado detrás de una de las columnas del complejo universitario, justo en el sector de la salida en donde todos los estudiantes recorrían al momento de finalizar las clases. Dentro de un grupo de estudiantes iba Majito y el doctor Kamp la divisó y fue en búsqueda de ella. “Hola Majito, disculpe que le moleste, pero tengo una duda con la investigación que entregó hace un par de días.”

Majito extrañada, asombrada y al mismo tiempo encantada de la vida, decidió ser cómplice de esa solicitud, ya que ella bien sabía que ese era un pretexto claro que buscaba el doctor Kamp para entablar conversación con ella.

“Buena tarde doctor Kamp, gusto en saludarle; dígame ¿cómo puedo ayudarle?” le respondió Majito tratando de mantener la seriedad y cordura. “Para usted solamente Richard por favor Majito” le indicó el colegiado. Majito parecía caer derretida a sus pies, pero logró contenerse.

Luego de ese intercambio de saludo en donde dejaron abierta la confianza, empezaron a platicar sobre la universidad, temas personales de cada quien como deportes, aficiones, pasatiempos, viajes y cerraron la conversación en lugares favoritos para ir a comer o bien la comida preferida de cada uno. Y en ese último tema fue donde Richard le propuso a Majito ir a comer a un restaurante cerca, en dónde vendían postres y un buen café. Ahí se les fue la tarde, ambos enamorándose, se tomaron de las manos y se besaron. Prometieron no decir nada y así cerraron la cita de ese día.

Luego, durante las siguientes dos semanas salían a diario y disfrutaban tal cual pareja de novios; iban al cine, cenaban, jugaban boliche, entre muchas más. Ese viernes de la última semana, habían quedado de ausentarse los dos de la Universidad, igual ese día ellos no coincidían en la misma clase a lo cual nadie podría sospechar.

Acordaron reunirse en la universidad y salir en un solo carro hacia la playa y luego al final del día regresar al mismo punto para que luego cada quien pudiera retirarse para su casa. Y así fue, Majito fue la primera en llegar y casi ni tuvo que esperar y apareció Richard, algo agitado y con cara de preocupación por no haber sido tan puntual para la hora del encuentro. Richard le pidió a Majito que se fueran en el carro de ella, ya que el de Richard tuvo problemas por la mañana con su vehículo y su hermano lo había ido a dejar a la universidad.

Se subieron al carro de Majito y se fueron a su escapadita, todo el trayecto hacia el puerto de San José fue de lo mejor, había buen clima, pasaban en cada tienda de conveniencia de las gasolineras para tomarse una cerveza, se disfrutaban; se besaban, se abrazaban, reían; tenían un aura espectacular de pareja ideal; iban como que si estuvieran de viaje a su luna de miel.

Ya cuando iban llegando a la playa, Richard le empezó a decirle a Majito el camino a tomar; ella pensaba que sería ir a pasarla bien a la playa pública, un restaurante, bañarse, cervezas y estar tomados de la mano a la orilla del mar; pero resulta que el camino los llevaba a una casa que Richard había alquilado a orillas del mar. Majito ingresó al área de parqueo y ella ya mostrando un poco de nervio, Richard solo se rio, la tomó de la mano, le dio un beso en los labios y la invitó a pasar. Había creado un ambiente romántico de un gran enamorado. Majito sabía que iban a ir a la playa, pero no que estarían en una casa, solos los dos, ella ya no sabía qué hacer; su corazón y cuerpo le decían que se quedara, su mente todavía racionaba, pero que al mismo tiempo no le convencía.

Richard le invitó a conocer el recinto y le señaló un dormitorio para se pusiera el traje de baño y así, ir a caminar a la playa; el hizo lo mismo, se fue a otro dormitorio y se colocó el traje de baño.

Eran cerca de las ocho de la mañana y disponían para estar ahí hasta las cuatro de la tarde, para que, al regresar a las seis de la tarde, pudieran llegar a la universidad justo a la hora de salida y así nadie sospechar nada. Justo lo esperado por Majito y para tranquilidad de ella; disfrutaron de la playa, caminaron, se tomaron unas cuantas cervezas y comieron en un restaurante; luego decidieron regresar a la casa para alistar sus cosas y así regresar.

Majito decidió darse un duchazo antes de salir de regreso a la ciudad, lo bueno es que cada habitación tenía su propia ducha, así que ella ya estaba tranquila, pero luego de la caminada, quemada y platicada; ahora a ella le preocupaba que se acabara el día y que hasta ahí quedara el día feliz que tuvo con Richard.

Al salir de la ducha, ella con su bata puesta; se encontró a Richard, con una mirada única; perdido en los ojos de Majito y una sonrisa de afecto que no le había visto en los pocos días de estar juntos.

Richard se acercó a ella y le dijo: “eres lo más bello que mis ojos hayan visto y esto será para siempre”. La abrazó, la besó y de su mano apareció una cadenita o gargantilla de la cual pendía un pequeño delfín de oro el cual colocó a Majito alrededor de su cuello.

Luego la volvió a besar y Majito ya no dijo nada, solamente se dejó llevar hasta tocar el cielo.

Ya cercano el atardecer iniciaron el retorno a la capital, ambos quisieron regresar abrazados todo el viaje; pero uno de ellos tenía que manejar y al ser el carro de Majito, ella manejó de la playa a la ciudad capital. Seguían hablando de planes, se tomaban de la mano, en cuanto podían se besaban. Eran felices. Ella no dejaba de mirarse al retrovisor del vehículo para ver cómo lucía el delfín dorado encima de su piel bronceada.

Estando en la capital, al acercarse a la universidad; Richard le dice a Majito que, para evitar sospechas, porque era la hora de salida; entonces que lo dejara unas dos calles antes del parqueo, igual a él lo iría a traer su hermano y que mejor que nadie los viera juntos para evitar los comentarios respecto a su relación.

Majito lo dejó, y de igual forma decidió entrar a la universidad ya que necesitaba unos documentos precisamente para elaborar un trabajo para la clase que impartía Richard. “Ahora menos que le quede mal a mi amado” dijo entre si Majito.

Ya todos iban saliendo, así que de lejos medio saludó a sus compañeros de clase y ella iba a toda velocidad al aula y pensando “ojalá lo pueda ver dentro de la U”.

Al entrar a la clase vió a un joven, parecido a Richard…” puta, su hermano y yo vine antes que él” -dijo Majito para sí misma. Trató de actuar con naturalidad, pero el hermano no estaba solo, estaba con el decano de la facultad y con otra señora, elegante, vistiendo un elegante vestido negro, con joyas desde las manos, hasta las orejas, cuello y por todos lados; daba la impresión de que Richard era de muy buena familia.

Eran justo las seis de la tarde, y las tres personas se le quedaron mirando a Majito; el hermano se acercó y le dijo: “Tengo entendido que has estado saliendo con mi hermano”… Majito quiso morirse, deseaba que llegara Richard, al hacerse para atrás y tratar de salir corriendo, el hermano y el decano trataron de tomarla de los hombros; ella forcejeó y les dijo que no iba a salir corriendo. Dentro de ese forcejeo, ella se tomó el cuello y ya no se sintió la cadena que Richard le había dado con el pendiente del delfín de oro. “Me lo reventaron estos cerotes”- pensó Majito.

Ella iba a recriminarles su acto desagradable de tratar de retenerla a la fuerza y escuchó la voz de la madre: “Majito, tranquila; me disculpo por el actuar de mi hijo y el decano; pero Richard nos pidió que te entregáramos esta carta y esta cajita; ya que luego de un accidente que tuvo hace dos días; en donde tuvo hemorragia interna; falleció hoy por la mañana”


Majito cayó sentada en un pupitre del aula, sintió un escalofrío terrible; no entendía lo sucedido en todo ese día viernes en donde ambos disfrutaron y se entregaron. Ella abrió la carta y decía: “Para que me tengas siempre en tu corazón” y abrió la cajita y encontró la cadena y el pendiente del delfín de oro.

viernes, 18 de diciembre de 2015

FANATICO LITERARIO

Fanático Literario

Es normal que una persona que es apasionada a la lectura busque frecuentemente material que se apegue a los gustos literarios del interesado. O bien participa o busca eventos en donde se hagan presentaciones de libros, sin importar la experiencia o fama del que lo esté presentando. “Siempre se descubren nuevos y buenos valores” decía Daniel, quien se “devoraba” los libros que adquiría. Libros de trescientas páginas en una semana los concluía; no digamos los de menos de cien páginas, a veces no le duraban ni dos noches. 

Lo complicado era que no precisamente tenía la economía perfecta para saciar su sed de lectura. Cada quincena o fin de mes (cuando le pagaban) ahorraba o presupuestaba parte de ese dinero para comprar libros. Los compraba en librerías locales o los buscaba en internet para bajarlos digitales o en el programa de documentos PDF, los que buscaba de gratis o bien conseguía no pagar más de tres dólares. En su mesita de noche guardaba los libros físicos, mientras que los digitales los leía en su computador personal. 

Por medio de las redes sociales contactaba grupos destinados a la lectura, en donde se enteraba de lugares que frecuentaban escritores, o bien grupos dedicados a discutir libros y dar opiniones, así como actividades de presentaciones de libros o ferias de lectura. A cada una de ellas asistía, aprovechaba los eventos, conocía gente, fumaba con los críticos literarios y se embriagaba al lado de los escritores y otros personajes del círculo literario. Un círculo que corresponde a soñadores, idealistas, filósofos, creativos; mentes que arreglan en sus letras, problemas, crisis o penas. O bien, son creadores de ilusión, grandeza, triunfos, glorias, sueños. En fin, a través de lo que escriben provocan que el lector navegue y se rodee de un mundo real e irreal, donde la realidad se compenetra con la fantasía y la fantasía se vuelve real. Un mundo mágico que solamente el amante de la escritura y la la lectura entienden.

Daniel, antes de ver una obra escrita trasladada a la pantalla grande, prefería leer los libros para que su imaginación navegara y se inventara los escenarios que el autor presentaba. No tenía precio el brindarle a la mente esa oportunidad de divagar y crear los personajes, paisajes y ambientes que aparecían en la obra.

Durante los últimos eventos literarios a los que Daniel se presentaba, lograba adquirir los libros en forma no tradicional, se los embolsaba o no los pagaba; no era una ganga para las librerías o antros de escritores recibir a Daniel. Porque aparte de que no pagaba, aprovechaba a comer y a beber como que si se fuera la última comida que existiera en el mundo, su comportamiento luego de meterse unas cuatro copas entre pecho y espalda no era el habitual.

Cada día buscaba  en las redes sociales la oportunidad de eventos literarios para poder asistir, en una de ellas encontró un evento de lanzamiento de poesía, el cual llevaba el título de “POESÍA SOMBRÍA”. Título algo macabro, pero que a Daniel le pareció perfecto. “En esas presentaciones dan vino y buenos quesos” decía. Ese lanzamiento precisamente iba a ser un viernes trece de diciembre, algo bizarro, pero igual había que asistir. Esas oportunidades no se podían desperdiciar; comer, beber y salir con libro gratis.

Misteriosamente, le llegó por mensaje directo a su cuenta personal de la red social la invitación para el evento. Algo raro, ya que luego de su comportamiento durante los eventos, varios escritores y/o seguidores lo habían empezado a bloquear. Pero en esta oportunidad le habían enviado una invitación personalizada y siendo parte de la sección VIP del evento (sección solo para personas importantes). Al principio lo tomó como broma, tomando como referencia que debido a sus actos impropios, alguien le estaba jugando una misteriosa jugada.

El lugar donde sería el lanzamiento, según la invitación; era en un nuevo lugar llamado “La Cueva De Las Letras”, el cual estaba ubicado sobre la avenida de Las Américas, del lado de la zona trece de la ciudad capital.

A Daniel le pareció raro el nombre de un lugar dedicado a lectores; no lo había escuchado antes. Pero igual dijo: “días antes de ese lanzamiento voy a ir a echarme una vueltecita para conocer el lugar y ver cómo me movilizaré ese día para sacarle provecho”.

Así fue, la invitación indicaba que la actividad sería el sábado seis de junio a las seis de la tarde, pero Daniel tomó rumbo hacia la ubicación el día lunes antes del evento. Enfilando ya sobre la avenida Las Américas, pasando el restaurante de comida rápida de especialidad hamburguesa rey, al siguiente cruce a mano derecha luego de pasar un redondel, un gran árbol ocultaba el local, el cual desde la primera vista era discreto y en su interior se escuchaba música instrumental que invitaba a relajarse.

Daniel, al parecer llego temprano, porque las puertas aún no estaban abiertas. Pero como que si alguien le estuviera esperando, le abrieron la puerta y le invitaron a pasar a las instalaciones, un gran parqueo para vehículos (unos 50 carros de capacidad aproximadamente) que de momento estaba vacío, ya que un lunes y a las cinco de la tarde, era raro quien llegara; pero al final era un cliente y lo iban a atender.

El local, ubicado al fondo del terreno, una casa estilo campo, de madera, grandes ventanales y un área al aire libre en donde se podían apreciar las primeras mesas estilo rústico. El interior del local, al estilo “escritor”; pinturas o fotografías de los grandes escritores latinos, Vargas Llosa, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Miguel Ángel Asturias, entre otros grandes, o bien se encontraban citas de libros o poemas famosos. Diferentes dormitorios y ambientes, uno era para biblioteca, en otro exhibiciones de libros a la venta, otro salón que era para eventos y lanzamiento de libros. En fin, un lugar justo y adecuado para las personas amantes a la lectura y escritura. Daniel bajo al área del bar y aprovecho a refrescar la garganta con dos cervezas y luego se retiró. “Va a estar bueno el fin de semana con esa presentación a la que me invitaron”, pensó Daniel.

Luego de una ruda semana, llegó el fin de semana y Daniel se aprestó para ir a la presentación. “Vino, quesitos y oportunidad de salir con libros gratis”, iba pensando durante el trayecto. Vestido con un impecable traje azul marino, corbata roja con líneas amarillas sobre una camisa celeste, bien peinado con su pelo corto castaño claro; afeitado total y sus infaltables lentes redondos claros. Dando así una imagen intelectual. 

Llegando ya a “La Cueva De Las Letras”, tuvo la suerte que fue el último vehículo que dejaron ingresar, todo estaba lleno, carros alineados en doble fila, gente por todos lados; la cosa se miraba que iba a estar alegre. Lo que le llamó la atención es que todos los invitados iban de impecables trajes de color negro, corbata y accesorios; como que si fueran a un funeral. 

Daniel no le puso mucha atención a ese detalle, dejó su vehículo en un espacio disponible en el último rincón del terreno adecuado para servir de parqueo. Logró ubicarse, apagó su vehículo. Aún le dio tiempo de echarse un trago de la cerveza que llevaba en la mano y luego se echó un poco de loción, se metió un chicle en la boca para masticar y disimular el aliento a licor, se bajó del carro y se dispuso a caminar hacia el salón del evento.

Al ingresar el salón estaba abarrotado, solo se lograban distinguir risas, murmullos, carcajadas, entre otros temas relacionados a temas literarios. Daniel estaba más preocupado en buscar en donde conseguía su primer bebida y por supuesto buscar un libro “disponible” para que se lo pudiera embolsar.

Pasaba frente a una estantería dedicada a masonería, caballeros templarios y otros similares y le llamó la atención, había una colección completa que le pareció accesible para poder apropiársela. Preparándose para dar la estocada y tomar el primer ejemplar, cuando un bullicio de aplausos, hurras y silbidos hizo brincar del susto a Daniel, quien de la impresión ya no pudo tomar el ejemplar. Regresó al salón y vio que ya el escritor que haría la presentación del libro había llegado y la gente estaba excitada con su presencia.

Daniel se acercó y no pudo ver de cerca al popular escritor, “lo quiero conocer, por qué tanta bulla con este tipo que ni he escuchado” decía Daniel. La curiosidad lo desbordó, mesero que pasaba ofreciéndole bebidas, se las tomaba, andaba frenético. Una sensación indescriptible. Se olvido de querer apropiarse de libros en forma ilícita, y su finalidad era llegar al escritor que le había invitado. Empezó a empujar a las personas que le impedían el paso para llegar al personaje, los afectados reían y lo señalaban “ahí va el bolito ladrón de libros” burlándose de Daniel.

Daniel se sentía incómodo, solo quería llegar con el escritor y entender la invitación; empezaba a sentir miedo, sus piernas las sentía pesadas, pero perseveró hasta llegar a estar a dos metros de la persona, estaba de espaldas, rodeado de personas que lo halagaban y felicitaban por sus obras literarias. Vestía un traje impecable negro brillante, zapatos de charol negros nuevos, pudo apreciar su cabellera larga con cola de un negro azabache, como que si se lo hubiera pintado. 

Daniel al momento de acercarse para hablarle, todo quedó en silencio y la gente le dirigió la mirada como si hubiera cometido una imprudencia. Eso no le importó a Daniel, quien al momento de poner su mano en el hombro del escritor para poderle platicar, la gente al rededor soltó una gran carcajada, el escritor no giró el cuerpo, solo la cabeza para mirar directo a Daniel a los ojos. No podía dar crédito a lo que sus ojos miraban, le temblaron las piernas, quiso salir corriendo pero su cuerpo no seguía instrucciones del cerebro, se orino y cayó hincado al suelo sin poder articular una sola palabra, esto sucedía mientras la cara del escritor sin ojos, solo las cuencas vacías y negras, con dentadura afilada y puntiaguda, piel pálida demacrada y su aliento fétido a muerte. Hizo que Daniel soltara un alarido, esto mientras las personas al rededor se transformaban en sombras negras y de facciones macabras irreconocibles, algunos con caras de ovejas negras de ojos rojos, otros con caras de lemur, ojos rojos y colmillos pronunciados. Seguían las carcajadas, Daniel perdió el conocimiento.

Luego de tres días las noticias reportaban de una persona que había sido encontrada muerta en un terreno baldío en una casa que había sido declarada abandonada desde hacía cincuenta años en el lugar. Lo encontraron tirado a la par de su vehículo con una rosa negra en la mano, cara desencajada como si hubiera sufrido una tortura y los dedos de sus manos tensos, como si antes de morir hubiera querido aferrarse de algo.

Unos dicen que fue una resaca, otros que murió de un infarto, pero solo Daniel podría haber contado la historia de lo que sucedió pero que nunca se sabrá.













lunes, 30 de noviembre de 2015

Gomas Espectrales

Pues como decían las abuelitas, quienes luego de las borracheras que se metían los hijos de sus hijos, eran las que primero regañaban, pero las que salían al auxilio al día siguiente; inventándose los menjurges necesarios para aliviar el malestar crónico del necesitado. 

No está de más aclarar que a estos síntomas post-ingestión de licor, se denomina comúnmente por la población como... GOMA.

“A la mierda los efervescentes”- decía Martín. El atol blanco o el caldito de huevos que le hacía su abuela era el elixir de la vida, con el cual, luego de tomar la dosis respectiva de dignas recetas llenas de sabiduría por parte de su abuela, procedía a dispararse la primer cervecita del día.

Lo más crítico era los fines de semana, cuando Martín se iba de farra jueves, viernes, sábado y domingo por la mañana. Todos los días, bueno... Todas las madrugadas, a eso de las tres de la mañana, Martín regresaba prácticamente rebotando de pared en pared cuando entraba a la casa en un estado etílico que según su abuela, era un récord mundial, por todo lo que Martín se metía de alcohol en el organismo.

Nunca se explicaba la abuela de Martín, de cómo le hacía para llegar en ese estado a la casa luego de conducir su vehículo las distancias que recorría en esas noches de farra, en donde se iba a la Antigua Guatemala (a cuarenta kilómetros de la cuidad capital), o bien se iba al lugar de moda Cayalá en la zona 16, o cuando le agarraba la sed cervecera, se metía en el primer antro que encontraba. “Ahora en estos años luego del dos mil, se encuentran lugares por montón”-decían los jóvenes.

La abuela desesperada le increpaba..”dejá el guaro... De bolo murió tu abuelo antes que nacieras. Ese carbón vivía zampado en esos bares de la sexta avenida y siempre venía azurumbado sin saber cómo le hacía para llegar, hasta que un día al pobre, de bolo, frente al parque central lo atropellaron. Yo digo que el cadejo se lo ganó, aunque ese chucho dicen que cuida a los bolos. O a lo mejor la siguanaba se lo llevó por andarse cantineando a patojas el viejo verde.” Recordando así la abuela, lo sufrido con su marido, que en paz descansara; con quien, por lo visto había pasado temporadas de cuidar bolos.

Martín hacía caso omiso a las historias, aventuras y desmanes que le contaban de su abuelo, ya que decía que se lo decían para que el dejara la bebida. Además que nunca conoció al “famoso” abuelo, ya que este pobre murió un mes antes que naciera Martín.

Martín era trabajador. Contaba con estudios de maestría y un puesto importante en una institución privada que se dedicaba a dar servicios de estudios de mercado. A sus veinticinco años, ganaba muy bien, era soltero (pero con novia, María; fiel acompañante)y un gran futuro por delante. Pero el dinero lo hizo perder el norte con vivir metido en parrandas, borrachera tras borrachera.

Tanta parranda le pasó la factura. Durante los últimos meses, la abuela se enteró que Martín había cambiado sus puestos de actividad, estableciéndose en los bares del Portal Del Comercio, en el mero centro de la ciudad, con nuevas amistades. Lo bueno decía María, es que estas nuevas amistades lo aconsejaban y cuidaban para que Martín no se metiera esas semejantes borracheras que ya estaban acostumbrados a ver. Pero aún así, Martín seguía o incrementaba el consumo.

Ya la abuela no le quedaba más que resignarse y esperar que un día llegarán a darle la noticia de que Martín lo habían encontrado tirado en algún lugar, ya sea muerto por bolo o accidentado.

Eso nunca pasó, y luego de seis meses, la abuela de Martín se fue con unas primas al departamento de Quetzaltenango. Con la preocupación de Martín, pero la abuela decía: “hierba mala nunca muere”. Esto adicional que estos nuevos amigos, cuidaban y trataban de que Martín no cometiera imprudencias.

Ese fin de semana, que Martín se sentía liberado de la presión de su abuela, agarró una farra de aquellas buenas, bebió hasta no más. María solo se dedicó a ser simple espectadora ante semejante espectáculo. Los amigos hacían lo imposible para tratar de llevarse a Martín de los antros, en fin; Martín andaba desatado.

Uno de sus amigos Eduardo, logró convencerle de irse. Le decía que su abuela no estaba, y que ella seguro estaría preocupada ante el comportamiento que Martín estuviera llevando a cabo.

Lograron sacar a Martín de los antros del Portal Del Comercio y lo llevaron a su casa. Eduardo le dijo a María que al día siguiente llegaría a ver cómo le amanecía el hígado luego de la borrachera que se había pegado.

Y así fue, María por un inconveniente en su trabajo no podía llegar a ver a Martín, pero quedo mucho más tranquila al saber que Eduardo estaría visitando a Martín.

Para sorpresa de Eduardo, al llegar a casa de Martín, él le abrió la puerta con un gesto demacrado y terrible. La goma lo estaba matando. Lo único que logró articular Martín fue: “La goma me tiene abrazando el inodoro”

Eduardo rió y le dijo: “lo mismo me pasaba en mis épocas de farra, lujuria y desenfreno”. Precisamente, según contaba Eduardo a Martín y María, el tuvo épocas difíciles con el alcohol pero que había logrado regenerarse y ahora trataba de ayudar a los que estuvieran pasando por esas crisis.

Eduardo estaba preocupado, ya que luego de llevarle bebidas hidratantes, prepararle bebidas calientes o “pociones” a base de jugo de tomate, Chile y cerveza; no lograban restaurar el estado de Martín.

En una de esas vomitadas, el flujo llegó a los pulmones de Martín, creándole así un paro respiratorio que lo dejo tendido, solo y prácticamente.... Muerto.

Eduardo rápidamente salió de la residencia y tomó rumbo desconocido.

María al salir del trabajo, al no tener noticias de Martín, salió rumbo a su casa. La abuelita le había dejado copia de una llave, para que pudiera entrar. La sorpresa fue terrible, al encontrar el cuerpo de Martín, tirado a la entrada del baño, envuelto en trapos vomitados, pálido y sin respiración. Confirmando así, que Martín había fallecido.

María llamó a todos los que pudo. Algunos fueron contactados, la abuela recién acababa de entrar de Quetzaltenango, consternada y despedazada por el final de su nieto, muy similar al de su amado Guayo.

La abuela, seguía contando y comparando la historia de su amado Guayo y la de su nieto. Tuvo el valor de ir a sacar un álbum de fotografías que tenía guardado en el closet, para enseñarle a Maria y algunos amigos fotografías de Martín desde niño. 

Aprovechando que todos estaban poniendo atención y comentando anécdotas y vivencias, la abuela emocionada siguió buscando fotografías y enseñando de todos los ángulos y escenas. Cuando una de ellas llamó la atención de María, parecía algo vieja la imagen pero no pudo contener la curiosidad y dijo...”Eduardo ¡!!”

“Si.. “ le respondió la abuela tranquilamente. “Esa fotografía es de cuando estudiábamos en la universidad con mi Eduardo, mi Guayito” 

María guardó silencio y ya no quiso opinar, pero algo si era seguro es que el Eduardo que ella conoció en esas noches de parranda, era el abuelo de Martín que lo estaba cuidando y esperando en el más allá.













sábado, 28 de noviembre de 2015

VIRGILIO


Año dos mil y algo, caminar todas las mañanas hacia el trabajo en medio de la jungla de concreto de la avenida Reforma, en donde aún se ha mantenido uno que otro árbol que aún le da el toque verde natural a la ciudad capital; esquivando a los motoristas que andaban zigzagueando en la avenida o bien, teniendo precaución con la imprudencia de los camioneteros, que con tal de ganar pasaje, rebasan a diestra y siniestra sin importarles las vidas que ponen en riesgo estos cafres del volante.

Aún con este recorrido “arriesgado” que diariamente tomaba Virgilio, quien desde lo que era su casa ubicada en la doce avenida y diecisiete calle de la zona uno; caminaba todos los días para llegar a lo que era su lugar de trabajo ubicado al lado del antiguo edificio del Banco Del Café (Bancafe).

Durante el recorrido, todas las mañanas disfrutaba pasar al lado del estadio nacional Mateo Flores, sobre el lado de la preferencia en la dice avenida, donde recordaba siempre las idas al estadio cuando la Selección Nacional y los “rojos” del Municipal, tenían equipos competitivos y eran dignos representantes del fútbol nacional. “Ahora son una basura” decía Virgilio, “se las llevan de europeos, ganan miles y pierden todos los juegos”... Continuaba increpando.

Pero recordaba esas idas al estadios durante los años ochenta,, cuando los juegos eran intensos y la gente no era violenta, cuando los clásicos se vivían con pasión y no habían trifulcas; solo insultos y tiradas de cáscaras de naranja. Aquellas naranjas jugosas con pepitoria, sal y Chile en polvo.

Aquellas épocas, vivencias para contarlas a los hijos de nuestros hijos, otra cultura, otra actitud, que en los tiempos actuales se ha ido perdiendo.

Luego de pasar frente a esta magna instalación deportiva, al avanzar unos cuantos metros, pasaba al lado de las canchas de basquet y del gimnasio de la ciudad deportiva, en la zona cinco de la ciudad capital.

Siempre trataba de salir temprano para pasar justo a la hora en que jugaba el equipo de un colegio de prestigio ubicado en la décima calle de la zona uno... “Cuerazos” decía Virgilio, en especial por una jovencita de no más de dieciocho años, quien siempre entrenaba con un pantaloncillo ajustado proyectando su perfección de piernas como si fueran moñas, su pelo castaño rizado recogido y agarrado por un gancho, los ojos color miel de mirada profunda y su sonrisa permanente de dentadura perfecta, disfrutaba del juego.

Virgilio, luego de tantas rutas diarias que tomaba, desde el día que vio jugar a Carmencita, como le decían las compañeras de equipo; una que otra le decía “tenchita” situación que a ella no le molestaba y que a Virgilio le provocaba risa todos los días.

“Muy jovencita para mí” pensaba Virgilio. Él, mayor de edad, siempre caminaba con su traje impecable de color gris, su corbata azul marino, bien afeitado. A pesar de su elegancia, nadie le ponía atención. Las personas que pasaban a su lado diariamente, aunque fueran conocidas, no le ponían atención.

Nunca se animó a hablarle a Carmencita, ella ni atendía las miradas diarias que Virgilio le brindaba, miradas de ternura y cariño, admiraba a la jovencita deportista. Nunca se le insinuó, respetó su espacio y la dejó vivir.

El tiempo pasó y Virgilio mantenía su recorrido para poder disfrutar y amar en silencio a Carmencita. Virgilio en voz baja decía: “Algún día te fijaras en mi, y te demostraré lo mucho que podría hacerte feliz”.

Llegó el día en que Virgilio llegó al mismo punto y no volvió a ver a Carmencita. Nuevamente le había sucedido, se había enamorado de un imposible.

En su desesperación ya conocida, Virgilio decidió cambiar ruta y así buscar olvidarse de ella, de Carmencita, de quien nunca más volvió a saber. Pensó que en algún momento de la existencia podría encontrarse con ella. Pero no. De las que siempre se enamoraba, nunca las volvía a encontrar, ellas pasaban su vida por esta tierra mientras Virgilio, siendo un alma en pena que falleció durante una pelea a la salida del estadio, por defender a una dama de la que estaba enamorado, luego de un clásico, se mantenía errante, esperando encontrarla ya sea en esta o en otra vida.





viernes, 20 de noviembre de 2015

RUNNERS NOCTURNOS

 
 
HOLA, LA SIGUIENTE HISTORIA ES PURA FICCIÓN, LOS PERSONAJES SON INVENTADOS ASÍ COMO LA HISTORIA, TODO ES PROPIEDAD Y RESPONSABILIDAD DE LA MENTE DE ESTE SERVIDOR. TRATANDO DE AMARRAR REALIDAD CON EVENTOS QUE NO EXISTEN O EXISTIERON, PERO QUE NO SE SI EXISTIRÁN. LOS 10K NOCTURNOS SI EXISTEN.

 
 
La primera vez que anunciaron una carrera nocturna en la ciudad capital, fue un hechizo para los corredores de corazón que por primera vez tendrían la oportunidad de participar en una competencia de carrera de diez kilómetros de distancia, la cual recorrería todo el casco urbano de la ciudad capital. Recorriendo las calles principales; saliendo de la calle frente del edificio de la  Municipalidad de Guatemala, enfilando sobre la séptima avenida de la zona uno, tomando el retorno frente al Palacio Nacional de Guatemala y tomando así la sexta avenida o ahora conocido como Paseo de la Sexta en la zona uno, así pasar la frontera entre la sexta avenida zona uno para pasar a sexta avenida de la zona cuatro, y así nuevamente pasar de la sexta avenida de la zona cuatro a la sexta avenida zona nueve, y luego buscar el retorno sobre la trece calle hacia la reforma, para tomar el,rumbo de regreso y finalizar los Díez kilómetros frente a las instalaciones del edificio municipal.

Ese tema de las zonas que podría volverse algo confuso para los no habitantes de la ciudad de Guatemala, obedece a que durante los inicios de la Nueva Guatemala de la Asunción, denominaron Zona Uno, a la parte céntrica de la ciudad, partiendo como punto cero el parque central. Luego se fueron creando esas “zonas” según fue expandiéndose la ciudad, es por ello que está famosa Sexta avenida atraviesa en línea recta las ciudad desde la zona dos hacia la zona nueve frente al Reloj De Flores.

La cosa es que durante el recorrido de esta competencia, se iluminan, durante el recorrido, los  monumentos o lugares de relevancia histórica o emblemáticos de la ciudad capital de Guatemala. Haciendo así un recorrido que año con año atrae a miles de corredores; algunos que se logran inscribir y otros que ante la limitante de números, se anima a correrla sin la oportunidad de recibir la codiciada medalla de participación.
 
Cada año, Arturo logra inscribirse y así lograr número para participar en esta competencia. Siempre se presenta hora y media antes de la competencia para conseguir un puesto de parqueo en una torre financiera cercana a la municipalidad, en donde realiza sus ejercicios de calentamiento para estar preparado físicamente al inicio de la competencia.

Es tradicional que muchas personas, en esos eventos es cuando se logran ver y saludar personalmente; aquellos comentarios que se escuchan: “puches vos, solo cuando hay carrera nos vemos” o bien, “solo acá nos encontramos”... Entre otros.

Eso le pasaba a Arturo, quien por su ritmo de vida profesional, tenía limitaciones para tener vida social activa, y precisamente estos eventos era en donde establecía contacto con amistades o conocidos.

Cada año, Arturo, coincidía con varios estos amigos y conocidos, pero cuando dio inicio esta competencia, conoció en el parqueo del sótano de esta torre financiera a Daniel, con el cual hicieron “click” ya que ambos eran adictos a las carreras. Para ellos era un sentimiento especial la carrera de diez kilómetros nocturna, les emocionaba recorrer las arterias capitalinas ante el calor de los aplausos y el ambiente tan acogedor que está competencia brindaba.

Normalmente se  encontraban en el parqueo y al final de la competencia en las instalaciones de la municipalidad, donde siempre había música, alegría, fotografías y todo un ambiente de alegría, hermandad y amistad entre los competidores.

Daniel decía que prefería correr sin número, ya que al parecer no le gustaba pagar y solo correr por amor al deporte. Todos los años corría siempre con una playera sin mangas de color rojo y verde. Arturo por educación nunca le preguntó del por qué cada año siempre usaba la misma prenda. Pero como si Daniel le leyera la mente, en la carrera del año 2014, le comentó sin querer queriendo, que esa playera la utilizaba en memoria de su padre que había fallecido años atrás de un infarto luego de un entreno para competir en una maratón internacional. Es por ello que en cada competencia en la que participaba, siempre usaba la última prenda que su padre había utilizado, esto para honrar su memoria.

Durante el recorrido era la primera vez que ambos llevaban el mismo ritmo y se fueron juntos los diez kilómetros del trayecto. Ingresaron juntos a la meta y Daniel le brindó un fuerte abrazo y se prometieron volver a verse el próximo año, como siempre lo hacían; rieron, bromearon y se molestaban en referencia a que solamente para esta carrera se miraban.

Llego el evento del siguiente año (2015), y nuevamente Arturo, con el ritual anual; llegó al parqueo de la entidad financiera hora y media antes de la competencia para poder realizar los ejercicios de calentamiento antes de la carrera.

Justo luego de la entonación del himno de Guatemala, el alcalde de la ciudad, antes de dar el banderazo de salida, dedicó un minuto para honrar a dos grandes corredores que habían sido grandes atletas y que pusieron en alto el atletismo del país y a quienes dedicaba la carrera.

En la pantalla gigante que utilizaban para transmitir el cronómetro de cuenta regresiva, aparecieron dos fotografías. La primera, la de un gran atleta que durante un entrenamiento previo a una maratón había sufrido un paro cardiaco y había fallecido; luego la otra fotografía, la del hijo, quien durante una competencias, sufrió de un desvanecimiento por insolación y deshidratación, había fallecido hace diez años, y este personaje era Daniel.

Arturo, mudo y desencajado, logró divisar a los familiares a quienes les estaban entregando los reconocimientos y las honras. Les pregunto respecto a la vida de Daniel, y los familiares, sin prestar asombro, le comentaron que Daniel era un corredor que nunca pudo hacer un compañero de carreras, y que su sueño siempre fue el de encontrar a alguien que terminara una competencia con él.

Luego de la conversación, Arturo se retiró incrédulo, pensando y concluyendo que ayudó a un alma del más allá a cumplir su sueño y recordó ese último abrazo que se dieron en la carrera del año anterior.
 

















viernes, 13 de noviembre de 2015

DESTINO EN EL MÁS ALLÁ

Resultado de imagen para parejas en el tunel
millenio.wordpress.com
Todos los días por las mañanas, preparándose para salir a trabajar, preparaba sus visitas, la ruta a recorrer; configuraba su tablet (ahora accesorio de suma utilidad portátil en estos tiempos en donde la tecnología ha invadido Hogares, trabajos y todo estilo de vida de las personas), así también preparaba sus tarjetas de presentación y otros documentos en los cuales se plasmaba la firma al momento de cerrar la negociación de los servicios que Roberto ofrecía día a día, siendo estos los temibles y aves de mal agüero servicios funerarios.

Roberto ya estaba acostumbrado a que la gente le ignorara cuando ofrecía los servicios, era algo normal para el; siempre se decía: “siempre los necesitaremos algún día entonces los que no me atendieron hoy, regresaran mañana”. Y esa era su frase de auto-motivación para salir todos los días a la calle, a buscar clientes potenciales.

Por la misma profesión, hasta las mujeres le huían, ya que le tachaban de ser de mala suerte si alguna mujer se animaba a ser pareja de Roberto. De igual forma, para él, no era un asunto que le preocupara, también decía: “Siempre hay un roto para un descosido” y no perdió las esperanzas de algún día encontrar su media naranja. Él vivía solo, y su necesidad de tener compañía incrementaba día a día.

Para conseguir clientes no buscaba nuevas rutas o ciudades, siempre tenía la confianza de encontrar gente nueva en la calle que siempre frecuentaba, bulevar Los Próceres. Todos los días encontraba, cabalmente; clientes nuevos, de treinta que encontraba cada día, con suerte uno era con el que cerraba negocio a la semana.

Almacenes, restaurantes, farmacias; ejecutivos, profesionales, desempleados. De todo encontraba. Ese día decidió entrar a una venta de vehículos que le habían referido, precisamente pudo contactar a varias personas y aún así le faltó entrevistar a otros trabajadores y acordó llegar al día siguiente. En ese primer día logró cerrar los negocios de un mes y por supuesto que estaba entusiasmado.

Al día siguiente regresó y retomó el contacto con otros trabajadores, uno de ellos, una dama impecable, de unos treinta años de edad, la cual Roberto no sólo logró cerrar el negocio con ella, sino quedo también hipnotizado por la profunda mirada de sus ojos de mirada profunda, por respeto y ética no decidió empezar el cortejo. El continuó su rutina, sin quitar de su mente a esta dama que lo cautivó. Finalizó el día y había logrado cerrar más negocios. “Ayudé a mucha gente el día de hoy” decía a sí mismo.

Al llegar a las oficinas de su trabajo para registrar los negocios, pudo percatarse que el formulario de la dama impecable, de la cual se había quedado impactado y de la cual se dijo “es mi media naranja”, no llevaba la firma de ella. Roberto se recriminó “Bruto que soy, por estar mirándola puro lelo, se me fue pedirle la firma”. Pero luego recapacitó y lo vio como una oportunidad de regresar a visitarle.

Al día siguiente fue lo primero que hizo. Luego de vestirse con sus mejores galas, afeitarse, bañarse en loción y bien peinado, salió directo al local de la venta de carros.

Nervioso y sin encontrar las palabras de cómo iba a platicarle, de repente en el bus público en el que se transportaba, la vio a unos cinco asientos. El corazón le rebotaba y la piel se le erizaba; era ella, su pelo largo, su atuendo ejecutivo de pantalones negros, saco negro y zapatos de tacón alto. Él, embobado, en lugar de ir a hablarle, se quedó embebido apreciándola, mientras en su mente volaban mil imágenes de poder estar junto a ella, se miraba tomado de la mano de ella caminando por las calles, en fin; sueños que ni él estaba seguro que podría concretar, y menos si él no se animaba a hablarle.

Al llegar a la parada, Roberto bajó y la siguió para darle alcance en la entrada de la venta de vehículos, tomó la decisión y le habló, con las palabras trabadas por el nerviosismo. La dama le sonrió y le dijo: “Tranquilo, no como personas” y con esta frase y la sonrisa, Roberto cayó rendido ante esa enigmática mujer.

Luego de dos horas de agradable charla, en donde se les fue el tiempo volando, Roberto cerró el negocio de dos contratos funerarios y cerró también una cita con ella para el viernes de esa semana, coincidiendo precisamente con el día de formalización de los papeles. Siendo así que la dama le dijo que le llevará los papeles a su casa cuando la fuera a traer para su primera cita.

Roberto cayó en un enamoramiento terrible, estaba cautivado esperando los días y las hay horas para la cita. Y el día llegó. Vestido con sus mejores galas se dirigió a la casa de su enamorada “llegó el momento de hacer mi vida” se dijo.

Al llegar a la dirección proporcionada y tocar el timbre, le atendió una señora que curiosamente escuchaba a Roberto respecto a la forma de expresarse de su querida dama, su enamorada. Esta señora le dijo que era la mamá de Diana, este era el nombre de su enamorada.

La mama de Diana esperó a que Roberto terminara de hablar y la señora le dijo que Diana no estaba, pero que necesitaba ver los papeles del contrato funerario que habían firmado.

La señora aún sin salir del asombro al ver la firma de su hija en el contrato, le pidió a Roberto que pusiera atención y que se tranquilizara ya que Diana llevaba un mes en el hospital en estado de coma por un balazo que recibió en un asalto de camioneta cuando estaba por llegar al trabajo, y precisamente en esa tarde en que Roberto tenía la supuesta cita, Diana había fallecido.

Roberto no daba crédito, enloqueció y salió corriendo de la casa, atormentado y asustado, cruzó la calle y súbitamente un vehículo que venía a alta velocidad le impacta fuertemente, el cuerpo por los aires, y al caer, la cabeza impacta en el asfalto. Roberto murió en el instante.