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miércoles, 15 de junio de 2022

FIN DE SEMANA EN LA PLAYA



Viajar a las playas del país, un calvario en el trayecto (carreteras no tan en óptimas condiciones, trafico, transporte pesado y camioneteros trastornados que la mayoría de veces van atentando contra la vida de sus pasajeros y de los vehículos que circulan cerca de ellos); pero se siente una paz y cuando ya se llega al destino y entrar en contacto con la naturaleza; sol, arena y el majestuoso océano; queriendo la persona querer pasar toda su vida en esa tranquilidad, pero luego se recuerda uno que para darse esos gustos hay que trabajar y entonces ahí se le pasan esos deseos a uno.

Y así estaba Denis, tirado en la playa, mirando el atardecer, con una su cerveza en la mano y otras cinco en una hielera para mantenerlas frías. Pero muy bonito el sol reflejado en el océano, rodeado de unas nubes naranjas que hacían un espectáculo para realizar una sesión de fotografías; pero unos visitantes inesperados empezaron a quitarle la paz. “Zancudos pizados…!!” -Exclamó el joven. Se puso de pie, tomó su hielera con una mano y en la otra con su cerveza recién abierta y dispuso a retirarse.

Ingresó al complejo de casas en donde había encontrado una buena propuesta en esas páginas electrónicas del “er-bi-an-bi” y tenía que pasar una garita (en donde ya lo conocían los de seguridad); avanzar sobre la calzada, pasar un pequeño puente y luego llegar a las casas.

Y así Denis, ya iba caminando y destapando otra su cervecita para el trayecto; y justo pasando el pequeño puente, en el riachuelo que pasaba por debajo pudo apreciar a una niña jugando en la orilla. “Habiendo piscina en cada casa y los tatas la tienen jugando en el río, que peligroso.”

Al llegar a la casita arrendada, salió al jardín para recostarse en la hamaca y descansar. Coincidentemente; el terreno de esa casa daba al río que acababa de pasar. Y estando en la hamaca, el chapoteo del agua y las risas de la niña. Denis se puso de pie y se dirigió hasta el final del jardín y ahí estaba un pequeño acceso para bajar al río y ahí la vio de nuevo. La niña, sin traje de baño, pero con un brillante vestido blanco correteaba por la orilla, disfrutando de su juego. Denis le preguntó por sus padres. Pero una voz le interrumpió a sus espaldas; “Señor, ¿Está usted bien?”.

Denis le explicó que había arrendado la casa por el fin de semana, pero que la niña le había llamado la atención ya que estaba sola y los padres irresponsables no aparecían. El señor se presentó como un vecino, y le empezó a contar que hace muchos años, una familia que vivía en una de esas casas había salido a jugar al río y precisamente ese día hubo una crecida que se llevó al padre y a la hija, desapareciendo en la correntada. Dicen esa niña era un fantasma, que tenía aún ganas de vivir y por eso aparecía en el lugar donde había fallecido. Y que ahora se aparecía para ganarse a alguien para que pudiera seguir jugando con ella en lugar de su papá.

Denis, incrédulo; miraba al señor, que le hacía gesto como quien dice: “si quiere créame, si no pues es asunto suyo.” Se despidieron y el señor le encargó ya no hacerle caso a la niña si la volvía a ver, porque se lo iba a ganar.

Denis se fue a dormir. Y en la madrugada las risas eran dentro de la casa, se escuchaba el correteo en el corredor principal, pero no había nadie.

Denis decidió ir a buscar a los señores de la vigilancia. Al salir de la casa, encontró al señor que le había hablado a medio día. Denis le contó los últimos acontecimientos. El señor le pidió que se tranquilizara, pero Denis insistió en llevarlo a buscar a los agentes de la seguridad del residencial.

Se fueron corriendo los dos hacia la garita principal. Denis le explicó todo a los agentes. Los agentes decidieron acompañarle hasta la casa en donde se hospedaba.

Ingresaron y le mostraron una fotografía de la niña que uno de los agentes tenía en su teléfono móvil. Denis asintió que la reconocía, que era ella.

Los guardias le contaron lo de la tragedia familiar; y le volvieron a enseñar otra fotografía con su padre, con quien desaparecieron el mismo día. Y era él, la otra persona que había estado conversando con él cuando vio a la niña por primera vez.

Los guardias le explicaron que ambos habían fallecido y que no era primera vez que alguien los miraba, principalmente a los que se quedaban en esa casa; ya que ellos habían sido los dueños originales de esa propiedad.

jueves, 11 de mayo de 2017

EL TESORO DE LA POZA

EL TESORO DE LA POZA

Corre el agua color turquesa, embelleciendo siete caídas de agua que forman siete pozas al final de cada cascada. Profundas y transparentes y refrescantes.

Miguel y su novia Ana fueron de visita a este lugar, dispuestos a relajarse y tomar un chapuzón. Ana entusiasmada tomando fotografías del lugar, mientras Miguel miraba en todos los rincones que la vista le alcanzaba a través del agua cristalina de las pozas.

Fueron escalando en el terreno montañoso y húmedo, se detenían en cada cascada. Miguel no quiso llegar a la última poza, se quedó enfrascado en la quinta y con la insistencia que ahí nadaría.

Ana insistía para subir y Miguel no cedía, le tomó la mano y le invitó a zambullirse. Dentro de la poza, no dejaba de apreciar los bellos ojos de la chica que hacían juego con el color del agua. Miguel le dio un beso y se sumergieron.
Luego de un par de minutos, Miguel subió con un pequeño cofre, lo abrió; sonrió y se fue.


Contaba una leyenda que en la poza más profunda, el que sacrificara a una virgen de ojos del color del agua, disfrutaría del tesoro oculto que había en ella.

viernes, 27 de enero de 2017

DELFIN DE ORO

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Primer día de clases de por sí puede llegar a ser de alegría para unos, ya que conocerán a nuevas personas, se reunirán con sus amigos de años anteriores, porque es un nuevo reto de otro año para acercarse a su meta de cerrar su carrera, ya sea de nivel medio o universitario;  y también de tedio para muchos otros que empiezan a padecer con las despertadas temprano, el buscar el transporte para que los trasladen al centro educativo (para los que no cuentan con vehículo propio y que normalmente es la mayoría de estudiantes), la realización de tareas, etcétera. “No hay dos glorias juntas” decían por ahí.

Y, así pues, una muchacha que estudiaba la carrera de medicina, prácticamente a media carrera, era del listado de las personas que se tomaba con alegría el inicio de un nuevo ciclo académico. La “majito” le decían, parecía una niña adolescente a pesar de contar con apenas veintiún años; una jovencita menudita, de estatura promedio, pelo liso y largo de color castaño, con ojos picaros de un color miel y lo más envidiable que siempre estaban con una sonrisa y una actitud positiva ante la vida ya sea en la bonanza y las adversidades, y por supuesto un carácter sólido, recio y decidido. Esta su manera de ser la hacía atractiva hacia el sexo opuesto, que si bien es cierto no era precisamente una mujer de portada de las revistas que promocionaban trajes de baño; era agraciada y los hombres hacían hasta lo imposible para poder ganársela y buscar una relación con ella, pero por su mismo carácter los mandaba a volar ni bien habían empezado con el protocolo de conquista. Majito al platicar con sus amigas argumentaba “estos calenturientos, mejor que estudien y luego que me gane el que realmente demuestre que se quiere superar igual que yo. Yo no pienso tener novio hasta no terminar esta carrera que merece atención y concentración.”

Como cada año, desde que finalizó la educación media como maestra de primaria, la Majito se dedicaba a estudiar su carrera universitaria por las mañanas y por las tardes tenía un trabajo temporal de dar clases o tutorías a los niños para poder obtener ingresos y así poder aportar económicamente un ingreso extra en su hogar y poder pagar algo de su carrera la cual requería mucha inversión en textos y materiales.

Pero ese año todo cambió y de la forma en que Majito menos se esperaba y que no tenía contemplada. Le tocaba recibir un curso nuevo dentro del pensum, relacionado a aspectos legales y otros temas relacionados. Ella ya contaba con el programa del curso y el primer día de clases de mala fortuna por un accidente sobre la carretera que ella debía tomar diariamente para ir a la universidad, se había retrasado y no llegó en tiempo. “El viejo ese de plano pasó lista y apareceré ausente el primer día de clases, lo voy a ir a buscar durante el receso”.

Majito llegó a la Universidad, segura de que repondría esa inasistencia, tomó el resto de cursos del día y durante el receso se dirigió hacia el salón de catedráticos decidida a negociar la inasistencia al curso. Al asomarse al salón, justo lo que ella sospechaba, un puñado de catedráticos que sobrepasaban los cuarenta y cinco años de edad (en apariencia), y ella se preguntaba “¿ahora cuál de estos viejos será?” Y por primera vez sintió vergüenza al tener que imaginarse que tenía que ir a preguntar de quien era el catedrático de un curso al cual ella no asistió el primer día. En ese instante en que se había aclarado la voz para dirigirse a investigar quién era el tal “viejo” que le daba ese curso, escuchó una voz ronca y seria detrás de ella y una palmada en el hombro que le dijo: “Señorita, tengo el ligero presentimiento que está usted buscándome”. Majito volteó decidida y al descubrir al personaje que le hablaba, quiso que se abriera la tierra para ella desaparecer en ese momento, se quedó con la lengua amarrada, trataba de articular la voz y no sabía ni que decir, en fin, los nervios se la ganaron.

“Tranquila y disculpe que la haya asustado; pero sus compañeras de clase me dijeron que venía a buscarme al salón y por eso vine hacia acá y bien, dígame ¿cómo puedo ayudarle?” 

Majito seguía sin articular palabra y sus ojos color miel abiertos en su totalidad; esto sucedía mientras una risa sarcástica, adornada con una dentadura perfecta y brillante y una mirada penetrante de unos ojos grises verdosos que la traspasaban directamente de parte de un catedrático que medía cerca del 1.90mts de estatura, complexión atlética, dando la impresión a primera vista que hacía esas cosas de Pilates y ejercicios fitness para mantener un cuerpo esbelto; esto aunado su tez bronceado natural y su barba a medio afeitar, con una vestimenta que contrastaba con la del resto de catedráticos que usaban traje completo; un jeans de apariencia desgastado, una playera de color celeste con cuello en V, y un saco tipo blazer. Daba la impresión de que acababa de darse un duchazo, el pelo color café tirado hacia atrás y una loción con aroma a madera. En fin, la Majito estaba rendida ante su nuevo catedrático. “A este mejor le saco una cita en lugar al perdón por mi ausencia” decía Majo en sus adentros.

Pero se logró controlar al ver a semejante profesional que era como ver a una mariposa monarca en medio de un nido de ronrones.

“Perdón doc.”.. y tragó saliva la pobre Majito y trató de continuar: “Es que… Es que… ayer… mire pues… ayer… un accidente… y bueno… atrancazón… y… el tráfico…. Y….”   El catedrático en seco le paró, con educación, pero le pidió detener su incomprensible argumento… “Tranquila, entiendo; no se preocupe, a otros tres estudiantes más les pasó lo mismo; no tomaré en cuenta esa inasistencia; mejor vaya a tomarse un cafecito y luego me busca” y luego del comentario el catedrático le guiñó el ojo picarescamente; dio la vuelta y se despidió con un movimiento de la mano derecha.

La Majito quedó todavía tratando de ordenar ideas y articular palabra alguna. Ni quiso volver a mirar para buscar la figura del catedrático dentro del mundo de estudiantes que transitaban por los pasillos; decidió retirarse, tranquilizarse y prepararse mentalmente para poder manejar su comportamiento y sus nervios en las siguientes clases en donde era un hecho que iba a verse cara a cara con el catedrático.

Durante esa semana, Majito asistió a su clase dos veces y fue suficiente para que ambos quedaran más que flechados. Majito continuaba con su nerviosismo evidente cada vez que platicaba con él, aunque sus ojos color miel la delataban por las miradas que se cruzaba con el catedrático; miradas de complicidad en donde el catedrático era más discreto y mantenía la seriedad del caso ante la mirada de enamorada de Majito.

Al salir de la última clase de la semana, el catedrático, que ya se había presentado en clases como el doctor Kamp (de origen europeo); se encontraba sentado detrás de una de las columnas del complejo universitario, justo en el sector de la salida en donde todos los estudiantes recorrían al momento de finalizar las clases. Dentro de un grupo de estudiantes iba Majito y el doctor Kamp la divisó y fue en búsqueda de ella. “Hola Majito, disculpe que le moleste, pero tengo una duda con la investigación que entregó hace un par de días.”

Majito extrañada, asombrada y al mismo tiempo encantada de la vida, decidió ser cómplice de esa solicitud, ya que ella bien sabía que ese era un pretexto claro que buscaba el doctor Kamp para entablar conversación con ella.

“Buena tarde doctor Kamp, gusto en saludarle; dígame ¿cómo puedo ayudarle?” le respondió Majito tratando de mantener la seriedad y cordura. “Para usted solamente Richard por favor Majito” le indicó el colegiado. Majito parecía caer derretida a sus pies, pero logró contenerse.

Luego de ese intercambio de saludo en donde dejaron abierta la confianza, empezaron a platicar sobre la universidad, temas personales de cada quien como deportes, aficiones, pasatiempos, viajes y cerraron la conversación en lugares favoritos para ir a comer o bien la comida preferida de cada uno. Y en ese último tema fue donde Richard le propuso a Majito ir a comer a un restaurante cerca, en dónde vendían postres y un buen café. Ahí se les fue la tarde, ambos enamorándose, se tomaron de las manos y se besaron. Prometieron no decir nada y así cerraron la cita de ese día.

Luego, durante las siguientes dos semanas salían a diario y disfrutaban tal cual pareja de novios; iban al cine, cenaban, jugaban boliche, entre muchas más. Ese viernes de la última semana, habían quedado de ausentarse los dos de la Universidad, igual ese día ellos no coincidían en la misma clase a lo cual nadie podría sospechar.

Acordaron reunirse en la universidad y salir en un solo carro hacia la playa y luego al final del día regresar al mismo punto para que luego cada quien pudiera retirarse para su casa. Y así fue, Majito fue la primera en llegar y casi ni tuvo que esperar y apareció Richard, algo agitado y con cara de preocupación por no haber sido tan puntual para la hora del encuentro. Richard le pidió a Majito que se fueran en el carro de ella, ya que el de Richard tuvo problemas por la mañana con su vehículo y su hermano lo había ido a dejar a la universidad.

Se subieron al carro de Majito y se fueron a su escapadita, todo el trayecto hacia el puerto de San José fue de lo mejor, había buen clima, pasaban en cada tienda de conveniencia de las gasolineras para tomarse una cerveza, se disfrutaban; se besaban, se abrazaban, reían; tenían un aura espectacular de pareja ideal; iban como que si estuvieran de viaje a su luna de miel.

Ya cuando iban llegando a la playa, Richard le empezó a decirle a Majito el camino a tomar; ella pensaba que sería ir a pasarla bien a la playa pública, un restaurante, bañarse, cervezas y estar tomados de la mano a la orilla del mar; pero resulta que el camino los llevaba a una casa que Richard había alquilado a orillas del mar. Majito ingresó al área de parqueo y ella ya mostrando un poco de nervio, Richard solo se rio, la tomó de la mano, le dio un beso en los labios y la invitó a pasar. Había creado un ambiente romántico de un gran enamorado. Majito sabía que iban a ir a la playa, pero no que estarían en una casa, solos los dos, ella ya no sabía qué hacer; su corazón y cuerpo le decían que se quedara, su mente todavía racionaba, pero que al mismo tiempo no le convencía.

Richard le invitó a conocer el recinto y le señaló un dormitorio para se pusiera el traje de baño y así, ir a caminar a la playa; el hizo lo mismo, se fue a otro dormitorio y se colocó el traje de baño.

Eran cerca de las ocho de la mañana y disponían para estar ahí hasta las cuatro de la tarde, para que, al regresar a las seis de la tarde, pudieran llegar a la universidad justo a la hora de salida y así nadie sospechar nada. Justo lo esperado por Majito y para tranquilidad de ella; disfrutaron de la playa, caminaron, se tomaron unas cuantas cervezas y comieron en un restaurante; luego decidieron regresar a la casa para alistar sus cosas y así regresar.

Majito decidió darse un duchazo antes de salir de regreso a la ciudad, lo bueno es que cada habitación tenía su propia ducha, así que ella ya estaba tranquila, pero luego de la caminada, quemada y platicada; ahora a ella le preocupaba que se acabara el día y que hasta ahí quedara el día feliz que tuvo con Richard.

Al salir de la ducha, ella con su bata puesta; se encontró a Richard, con una mirada única; perdido en los ojos de Majito y una sonrisa de afecto que no le había visto en los pocos días de estar juntos.

Richard se acercó a ella y le dijo: “eres lo más bello que mis ojos hayan visto y esto será para siempre”. La abrazó, la besó y de su mano apareció una cadenita o gargantilla de la cual pendía un pequeño delfín de oro el cual colocó a Majito alrededor de su cuello.

Luego la volvió a besar y Majito ya no dijo nada, solamente se dejó llevar hasta tocar el cielo.

Ya cercano el atardecer iniciaron el retorno a la capital, ambos quisieron regresar abrazados todo el viaje; pero uno de ellos tenía que manejar y al ser el carro de Majito, ella manejó de la playa a la ciudad capital. Seguían hablando de planes, se tomaban de la mano, en cuanto podían se besaban. Eran felices. Ella no dejaba de mirarse al retrovisor del vehículo para ver cómo lucía el delfín dorado encima de su piel bronceada.

Estando en la capital, al acercarse a la universidad; Richard le dice a Majito que, para evitar sospechas, porque era la hora de salida; entonces que lo dejara unas dos calles antes del parqueo, igual a él lo iría a traer su hermano y que mejor que nadie los viera juntos para evitar los comentarios respecto a su relación.

Majito lo dejó, y de igual forma decidió entrar a la universidad ya que necesitaba unos documentos precisamente para elaborar un trabajo para la clase que impartía Richard. “Ahora menos que le quede mal a mi amado” dijo entre si Majito.

Ya todos iban saliendo, así que de lejos medio saludó a sus compañeros de clase y ella iba a toda velocidad al aula y pensando “ojalá lo pueda ver dentro de la U”.

Al entrar a la clase vió a un joven, parecido a Richard…” puta, su hermano y yo vine antes que él” -dijo Majito para sí misma. Trató de actuar con naturalidad, pero el hermano no estaba solo, estaba con el decano de la facultad y con otra señora, elegante, vistiendo un elegante vestido negro, con joyas desde las manos, hasta las orejas, cuello y por todos lados; daba la impresión de que Richard era de muy buena familia.

Eran justo las seis de la tarde, y las tres personas se le quedaron mirando a Majito; el hermano se acercó y le dijo: “Tengo entendido que has estado saliendo con mi hermano”… Majito quiso morirse, deseaba que llegara Richard, al hacerse para atrás y tratar de salir corriendo, el hermano y el decano trataron de tomarla de los hombros; ella forcejeó y les dijo que no iba a salir corriendo. Dentro de ese forcejeo, ella se tomó el cuello y ya no se sintió la cadena que Richard le había dado con el pendiente del delfín de oro. “Me lo reventaron estos cerotes”- pensó Majito.

Ella iba a recriminarles su acto desagradable de tratar de retenerla a la fuerza y escuchó la voz de la madre: “Majito, tranquila; me disculpo por el actuar de mi hijo y el decano; pero Richard nos pidió que te entregáramos esta carta y esta cajita; ya que luego de un accidente que tuvo hace dos días; en donde tuvo hemorragia interna; falleció hoy por la mañana”


Majito cayó sentada en un pupitre del aula, sintió un escalofrío terrible; no entendía lo sucedido en todo ese día viernes en donde ambos disfrutaron y se entregaron. Ella abrió la carta y decía: “Para que me tengas siempre en tu corazón” y abrió la cajita y encontró la cadena y el pendiente del delfín de oro.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LA MORGUE

Aún con los ojos irritados por las veinticuatro horas que estuvo cubriendo su turno, con las ojeras marcadas profundas casi de un color morado que resaltaba en su piel blanca y hacía más brillantes sus ojos celestes; tratando de degustar un café espeso sin azúcar para poder aguantar a llegar a las seis de la mañana para poder ir a dormir todo el día y recuperarse del desvelo. Parado, aún erguido con sus casi un metro noventa de estatura, de complexión atlética y firme, con un olor impregnado a formol y medicinas. Frente a la ventana, mirando al exterior en donde el paisaje no era nada más que una avenida llena de vehículos, edificios, gente corriendo de un lado a otro dando inicio a su jornada laboral y uno que otro perro salvándose de ser atropellado por los vehículos o pateado por las personas. Ruido de bocinas, buses de transporte colectivo violando las leyes de tránsito cambiándose de carril en carril y deteniéndose en donde a ellos se les antojaba, motoristas zigzagueando como zancudos en medio de los vehículos, elevando así las posibilidades de tener algún accidente. “Más trabajo para mí”- sonreía sarcásticamente Sergio.
 
Sergio, quien ya tenía más de diez años de realizar la misma rutina en el Hospital Nacional, ubicado en la zona central de la ciudad capital; de pararse en la ventana y ver ese espectáculo matinal en donde todos andaban como locos a las seis de la mañana, mientras que él con un café, agradeciendo que al momento que él se retirara del hospital podría dirigirse a su hogar sin ningún contratiempo.
 
Luego de su rutina de meditación parado en la ventana con su taza de café, regresa a su escritorio para ordenar la documentación del trabajo de las últimas horas en la sala de autopsias en donde Sergio trabajaba en la morgue del Hospital Nacional; un médico forense de trayectoria, quien por su fanatismo por el trabajo se le había olvidado que había vida fuera de esas cuatro paredes llenas de camillas y de cuerpos inertes que le correspondía revisarlos y realizarles el respectivo proceso de autopsias para determinar el causal de la muerte de cada uno de ellos.
 
A veces se sentía solitario, pero le vencía la pasión de su trabajo y eso evitaba que Sergio pudiera tener una vida con más actividad social o una vida donde pudiera tener pareja sentimental.
 
Cada vez que llegaba el jefe al área de trabajo de Sergio, siempre le molestaba diciéndole “va a ser más fácil que te enamores de una muerta a que te cases con alguien en vida”.  Sergio reía por ello, y siempre le parecía sospechoso que, de un día para otro, siempre le aparecía algún asistente o estudiante de último año de ciencias forenses; ya que le indicaban que era para irle a ayudar. A lo cual más parecía que el jefe le estaba consiguiendo formas de poder hacer que Sergio se fijara en alguien.
 
El problema es que las mujeres que llegaban, miraban ya a Sergio como un carnicero, ya que, por la experiencia del caso, el tiempo de estar haciendo siempre lo mismo; cada cuerpo, Sergio lo trataba como que si estuviera jugando con un muñeco o como trabajan los carniceros en los rastros. Sergio era práctico, siempre les decía que esa era la labor y qué mejor si le buscaban la practicidad para salir pronto de ese evento que de por sí no era agradable.
 
Las “ayudantes” no duraban ni dos meses con él, solo una fue capaz de soportar seis meses porque se había enamorado de él, y habían tenido un par de encuentros en los días en los que Sergio no le tocaba ir a hacer turno, pero hasta ahí quedó. La pobre mujer no soportaba la frialdad de Sergio, y peor cuando intimaban; ya que era de frío al igual como el hacía sus autopsias, no le ponía sal al asunto y la mujer terminó decepcionándose y se largó.
 
Sergio por supuesto se había enamorado, a su manera; pero se había enamorado y quedó destrozado. En ese instante le habló a su jefe que le dejara de estar enviando ayudantes para realizar la labor ya que él podía hacerlo solo.
 
A sus treinta y cinco años, tenía que sentar cabeza; pero se apasionaba tanto por su trabajo que prefería abrir cuerpos muertos que buscar tener relación sentimental con una mujer.
 
Luego de ordenar su escritorio y dar el último sorbo de café espeso a la taza, se quitó su bata blanca para colgarla en un clavo que estaba colocado justo en la pared detrás de él. Se acomodó su pelo rubio con sus manos, se restregó los ojos, tomó su dispositivo electrónico Tablet, retiró su teléfono móvil de la conexión de carga y se dispuso a retirarse.
 
Como Sergio no tenía vida social, al salir a la calle era como un ciudadano más, la única diferencia era su estatura, su piel, sus ojos y su facha, que de médico no tenía nada. Ya que luego de retirarse su bata blanca, quedaban expuestos unos pantalones jeans desteñidos haciendo juego con camisas de manga larga de cuadros y en ocasiones, con playeras blancas de cuello redondo.
 
La gente se le quedaba viendo, pero más por las ojeras tan profundas y oscuras. En una de esas un niño como de seis años que iba de la mano de su madre dice: “Mami, ese señor parece mapache.”  Sergio se hizo el loco, pero sonreía por la ocurrencia; mientras la madre iba cambiando de colores por la vergüenza y por el enojo, increpando al niño por lo abusivo en comparar la apariencia de una persona con la de un animal. En fin, a veces es bueno salir a descubrir el mundo se decía Sergio.
 
Como Sergio, un día se quedaba en el Hospital y otro día era de descanso, dispuso pasar a un supermercado y abastecerse de comida y bebida. “Hoy voy a cocinar rico y me voy a disparar un par de chelas bien frías”- se dijo.
 
Así pues, al salir del supermercado y llegar a su casa, preparó unos fideos con camarones, una ensalada de tomate, cebolla y lechuga, preparó una sopa de vegetales y no pudo faltar las respectivas cervezas que se iba tomando mientras preparaba los platos y durante la hora de la comida.
 
“Luego de esta comida y bebida voy a dormir como un bebé”- pensó Sergio. Luego de recoger y lavar los platos se fue a la sala a ver televisión, puso un canal de videos musicales y en una de esas se quedó dormido profundamente.
 
Luego de esas casi catorce horas de sueño, Sergio despertó revitalizado; sentía un poco seca la boca, y dio gracias al cielo al ver que en la refrigeradora le habían quedado cervezas del día anterior, a lo cual dispuso a ir y abrir una.
 
A falta de ocho horas de ir y tomar su turno de labores en la morgue, ya llevaba cerca de tres cervezas; ya estaba recuperado. Dispuso ir a recostarse un rato antes de salir, pero una llamada le interrumpió sus intenciones. Era el jefe de Sergio: “Sergio, urge que te vengas a la morgue, hubo un accidente y acá tenemos por lo menos una docena de cuerpos, incluyendo los del piloto y ayudante del bus, quienes al parecer iban ebrios.”.
 
“Ya somos tres ebrios entonces”- pensó Sergio. “Con gusto jefe, ya voy para allá”. Fue la respuesta de Sergio. El jefe le sentenció: “Hoy si no me vayas a reclamar, pero pedí una persona más para que te ayude; no sé a quién te mandarán, pero es necesaria la ayuda en esta eventualidad”
 
Disparado salió Sergio de la cama, se cepilló bien los dientes, se preparó una taza de café y salió directo al hospital nacional en donde había crisis por el accidente registrado por un bus extraurbano, quien por andar en carrera para ganar pasajes, atropelló a un motorista que no iba en su carril y luego el piloto del bus perdió el control y terminó cayendo en un puente de paso a desnivel en una zona céntrica de la ciudad, el ayudante del piloto que iba parado en las gradas de subida de la entrada del bus, salió disparado y un vehículo particular le pasó encima provocándole hemorragia interna y muerte inmediata; el bus al caer de frente en la caída del puente, hizo que el piloto al no andar con cinturón de seguridad, saliera expulsado por el vidrio delantero estrellando su cráneo contra el asfalto, también muriendo inmediatamente; los pasajeros; los que iban parados y en la parte de adelante fueron los que sufrieron más, al terminar aplastados entre los tubos retorcidos y presionados por los pasajeros de atrás. Ellos muriendo por asfixia. Sergio iba imaginando encontrar un escenario dantesco en la emergencia y en la morgue del hospital.
 
Sergio llegó justo a la entrada del hospital, el escenario no era como él se lo imaginaba; era peor. Ambulancias por todos lados, gente llorando desesperada preguntando por sus familiares, en emergencia se miraban entrar cuerpos desfallecidos, no se sabía si estaban heridos, desmayados o si estaban sin vida.
 
A como pudo, Sergio logró entrar hasta la oficina del jefe. Quien por cierto estaba sudando y también desesperado, porque no solo el hospital había colapsado, pero como el gobierno no les daba recursos necesarios, entonces andaban sin medicamentos y sin accesorios para cubrir las emergencias.
 
Sergio no le dijo nada más que: “Ya vine y me voy a mi lugar, cuente con mi apoyo”. Salió al pasillo y de regreso a la locura, enfermeras, médicos, residentes, camillas, bolsas de suero, ropa con sangre, de todo. Pura película de esas de guerra pensaba Sergio.
 
Trató de concentrarse y se fue a su área, logró pasar entre la marea de personas que circulaban en los pasillos del hospital y entró directo a su escritorio a tomar su bata médica, colocarse su gafete de identificación, tomar su tablero de anotaciones y justo cuando se disponía a salir a los pasillos para tratar de apoyar en el orden una voz femenina le dice: “Buen día doctor, me tomé la libertad de ordenar los ingresos de las personas que medicamente ya se encuentran fallecidas luego del accidente, están ordenadas una a una en la sala de recepción de la morgue, de nuestro lado ya todo está controlado.”
 
Manteniendo la frialdad que le caracterizaba, miró de reojo al lugar de donde provenía la voz tímida, temblorosa y quedita de la mujer que le había hablado. “Otra mujer me mandó este jodido, ni porque hay crisis no deja de mandarme candidatas para ver si me conquista alguna”-pensó Sergio.
 
Al llevar la mirada hacia una figura menuda, de pelo corto rizado de color negro, en donde unos grandes ojos negros de mirada tímida, adornados por unas mejillas blancas y pecosas, y al ver esos labios delgados y rosados de donde provenía la voz nerviosa; Sergio se quedó desarmado.
 
“Buen día, discúlpeme, pero al estar siempre solo acá, no pensé que habría alguien más; y le agradezco lo que ha hecho en este momento de crisis. Mucho gusto, soy Sergio.”
La ayudante, quien se ruborizó por el saludo de Sergio se presentó como Lourdes, estudiante universitaria del último año de carrera de Ciencias Médicas Forenses de una universidad privada.
 
Sergio, tratando de mantener la cordura, ya que; encima de todo le saludo cortésmente con un suave apretón de manos en donde sintió la suavidad de la piel de Lourdes y un aroma fresco a flores combinado con la brisa de un bosque en medio de una montaña nevada, que lo dejó desestabilizado. Le dijo: “Bueno Lourdes, arreglemos este embrollo y pongámonos a trabajar y así poder entregar estos cuerpos a la brevedad posible”.
 
Al ser aún una estudiante de último año, le brindó todas las indicaciones y precauciones; que si se sentía con nauseas había un baño a escasos metros; le indicó el lugar donde estaban los utensilios, hasta le aclaró que por ser morgue ahí no espantaban ni se aparecían fantasmas, ni que se movían los cuerpos de lugar o de posición o nada parecido. Y que si tenía alguna duda que no tuviera pena en preguntar; “Igual, qué más le podía pasar a un muerto si la chica cometía algún error en algún procedimiento, igual ya estaba muerto y no lo podía matar dos veces”. Pensaba la fría mente de Sergio.
 
Se pusieron a trabajar y lograron salir en menos del tiempo esperado; a Sergio le admiró la actitud de Lourdes; a pesar de ser una muchacha de “familia rica y bien bonita” decía Sergio; se entregaba a la labor forense de una forma en que ninguna otra persona de las que Sergio había conocido. Lourdes se daba cuenta que Sergio no le despegaba la vista y cada vez que cruzaban miradas, Lourdes le guiñaba el ojo y se ruborizaban sus mejillas. Sergio se derretía internamente, aunque por fuera mantuviera esa imagen fría y sobria que le había caracterizado.
 
Sin estimar el tiempo que había transcurrido, finalizaron su labor; se olvidaron de comer, de beber agua y de ir al baño. Se afanaron en la labor que la terminaron en menos de veinticuatro horas. Lograron entregar los informes respectivos para que los familiares pudieran dar cristiana sepultura a las víctimas del fatal accidente.
 
El jefe de Sergio los felicitó y los mandó a descansar con derecho a un día libre adicional. Sergio se lo agradeció, pero él le dijo que se iba a mantener en sus horarios normales pero que le pasara el día de descanso para otro día que él lo pudiera necesitar. Lourdes fue la primera en retirarse, se despidió de lo más normal y le alargo el brazo a Sergio para despedirse de él con un apretón de manos; y con una sonrisa entre pícara e inocente le dijo “ha sido un gusto haber trabajado con usted doctor”. Se dio la vuelta y se fue.
 
Sergio sin saber que decir, voltea a ver al Jefe y le dice: “ella sí pudiera ser mi auxiliar en la morgue, evalúe por favor si la puede hacer venir de ahora en adelante”.  El jefe con mirada de complicidad, solo se ríe meneando la cabeza de un lado a otro y solo le dijo: “ve y descansa mejor, picarón”.
 
Pasó el día de descanso y Sergio no dejaba de pensar en esa mirada, esa sonrisa y el rubor de Lourdes. Estuvo tan ocupado ese único día que se conocieron, que se arrepintió ni tan siquiera averiguar en donde vivía o si tenía alguna red social, solo sabía que era Lourdes. Pero se le ocurrió que al día siguiente que le tocara turno, ir a ver a los registros de ingreso del hospital para poder verificar el nombre completo y así poder iniciar la búsqueda.
 
Al llegar al hospital, de nuevo la rutina de ir a su escritorio a recoger su bata, colgarse su gafete y revisar el listado de personas que ya tenía en fila en la morgue para iniciar su labor, entra el jefe acompañado de Lourdes para presentarla como el nuevo apoyo que tendría a partir de ahora en la morgue del hospital, le guiñó el ojo y se retiró dejándolos así solos y con la oportunidad que Sergio quería de interactuar y conocerla, pero para variar Sergio se quedó mudo de nuevo.
 
Lourdes rompió el hielo diciéndole: “Que bueno que hoy no hay accidentes; así que ya podremos platicar más”. Entonces el ruborizado fue Sergio. Pero se repuso y estuvo de acuerdo. Le invitó a un café, hablaron de su experiencia en otros hospitales e intercambiaron opiniones relacionado a lo profesional. Todo esto, mientras realizaban su labor con los cuerpos registrados en la morgue.
 
Iban a pasar el turno juntos así que, como si se hubieran puesto de acuerdo; finalizaron su labor a toda velocidad y así les quedó la madrugada para filosofar. Cada uno hablo de su vida, de donde venían, de sus amores pasados, de sus deportes favoritos y de mil cosas más.
 
El tiempo pasó volando, cuando sintieron tenían que despedirse; a ambos se les quedó ese nudo en la garganta, pero pudo más el orgullo; se volvieron a despedir de apretón de manos y sería hasta dentro de veinticuatro horas para volver a cruzar sus miradas. “Esta ya es colgazón”- dijo Sergio.
 
El siguiente día de turno, la misma rutina; con la única diferencia que Lourdes llevó el café de una cadena famosa de cafeterías a nivel mundial y que era un hecho que era de mejor calidad del que Sergio sacaba de su frasco de café instantáneo.
 
Ese día no hubo mucho que hacer. Estuvieron arreglando unos papeles y contando chistes; en una de esas que estaban arreglando el último archivero que les quedaba; Sergio impulsivamente besó a Lourdes en los labios. Ella ni los ojos cerró, es más los abrió al límite y empujó a Sergio; quien ruborizado solo dijo “perdón” y se dirigió a su escritorio para ponerse a leer unos informes.
 
Recriminándose a sí mismo: “que mula soy”. No advirtió la presencia de Lourdes quien en un abrir y cerrar de ojos se le puso frente a frente y ella lo besó a él. Una vorágine, estaban solos, sin tareas pendientes y ambos en una vida de soltería; dieron rienda suelta a sus sentimientos. Sergio estaba descontrolado ante los encantos de Lourdes, sus finos labios, su piel suave y con un aroma penetrante, la degustaba. Bizarro, pero aprovecharon las camillas vacías para dar rienda suelta a sus sentimientos y su pasión. En eso se les fueron las últimas ocho horas del turno.
 
Lourdes, le había dicho que sus padres vivían en el oriente del país y que ella vivía en una casa de estudiantes con una su amiga. Y le propuso si podía pasar ese día de descanso en su casa, a lo cual Sergio accedió quedaron de acuerdo.
 
Sergio había vuelto a aperturar su corazón, de un día para otro se había enamorado de Lourdes. Ese día al salir del hospital se fue directo al supermercado para comprar de todo y hacer de ese día, un día romántico; compró vino, diferentes jamones y mariscos.
 
Llegó a su apartamento y preparó toda la comida; justo finalizando cuando tocaron a la puerta y el corazón le latió a mil, en efecto; Lourdes del otro lado, con un vestido a la altura de la rodilla, ajustado al cuerpo, lo que le permitía mostrar esa silueta perfecta. Un maquillaje sutil. Que Sergio quedó mudo. Pero tratando de romper el hielo le dice: “Creo que la comida la tendré que recalentar luego de que comamos antes el postre” y medio trató de sonreír.
 
Lourdes cruzó la frontera de la puerta, se vieron a los ojos, se saludaron con un beso tierno y profundo para luego dirigirse directamente al dormitorio de Sergio, en donde se disfrutaron, se amaron, tomaron vino, rieron disfrutaron.
 
Finalizaron el día en el sofá, viendo televisión, abrazados, cubiertos con una colcha; Sergio no dejaba de admirar la belleza que tenía en sus brazos, el amor de su vida. En esas estaban cuando de repente empezaron a somatar la puerta del apartamento de Sergio insistentemente. Sergio preguntó quién era; y solo somataban con más fuerza; Lourdes se fue a esconder al cuarto de Sergio, luego de unos segundos, la puerta sonó con más insistencia y se escuchó una voz; “Sergio, Sergio… abre la puerta, por favor… es urgente; hay otra emergencia”
 
Era la voz del jefe. Sergio volteó hacia la puerta de su cuarto y vió a Lourdes que sonreía, le tiró un beso y le guiñó el ojo. Sergio le devolvió el gesto y realizó una mueca, levantando los hombros de a saber que le pasaba al jefe que lo estaba buscando urgentemente a las puertas del apartamento. Así que se puso una pantaloneta y se dirigió a abrir la puerta.
 
Al abrir la puerta el jefe con cara de preocupación, lo toma de los hombros y lo agita fuertemente. Sergio no sabía que pasaba.
 
La insistencia en la sacudida hizo que Sergio levantara la cabeza. Atónito y sorprendido. Con los ojos desorbitados, Sergio miraba a los ojos a su jefe. No entendía que pasaba.
Sergio estaba en su escritorio en la morgue, vestido con su bata, se había quedado dormido sobre los informes que estaba revisando. “Qué pasó?” – fue lo único que pudo articular Sergio.
 
“De plano te quedaste dormido y te lo tenías merecido por la faena de ayer con el accidente de la camioneta; pero resulta que hace dos horas que los saqué de mi oficina para que vos y Lourdes fueran a descansar, de dicha te quedaste por acá, porque a la niña Lourdes, al ir buscando la parada de bus, hubo una balacera y le cayó una bala perdida y la acaban de traer acá al hospital con otros cuatro más que estaban ahí metidos.”
 
Sergio incrédulo, aún tenía impregnado el olor del perfume de Lourdes en su cuerpo, tenía el sabor de sus labios y los recuerdos de los últimos dos días. Revisó la fecha y la hora, solamente habían pasado dos horas desde que se despidieron de apretón de manos en la oficina del jefe.
 
Fue doloroso para Sergio el tener que trabajar el cuerpo de Lourdes, el cual era idéntico al cual soñó, los mismos lunares, la misma suavidad. “pero cómo… si fue un sueño, ella muerta” decía en vos baja, y con los ojos llorosos. No entendía.
 
Luego de la dura labor, le pidió la tarde libre al jefe. Sergio pasó comprando una botella de licor para llegar a su casa y bebérsela. Entró al apartamento y fue por un vaso, se sirvió un trago y se fue directo a la habitación, su desconcierto no pudo ser mayor al entrar en ver que su cama estaba revuelta y el aroma de Lourdes impregnado en sus sábanas.
 
Este texto se encuentra en el registro de la propiedad intelectual. Cualquier distribución sin autorización del autor, será penalizada de acuerdo a la ley.
 

jueves, 21 de abril de 2016

DESDE MI ESCRITORIO

“Me encuentro sentado acá en mi escritorio, en mi trabajo, la oficina en donde prácticamente he laborado toda mi vida; he sido una parte más de todo este personal que a diario lo veo pasar acá enfrente y que al mismo tiempo me ignoran, pues de plano; empecé hace más de veinte años a trabajar en este lugar. Últimamente han contratado gente muy joven, la cual yo ni conozco y menos que ellos me conozcan y mis contemporáneos ya ni los veo pasar por acá"

“Seguramente estoy tan viejo que ni me voltean a ver, cuando escucho que preguntan por mí, medio levanto la mirada y veo que voltean a verme y ni se sonríen; solamente ven y siguen su rumbo; me ignoran, lamentable luego que he sido una persona que a todos he ayudado a crecer y a enseñarles; ahora solo me voltean a ver y me ignoran. Es más, a muchos de esos jóvenes que me ignoran; a sus padres que en algún momento trabajaron acá; yo les enseñaba, no entiendo por qué ahora ese recelo. Sé que estoy viejo, canoso, arrugado y no mantengo esa presencia y personalidad que a lo mejor algunos años atrás más atractiva, pero mantengo el conocimiento, el respeto y la anuencia de seguir ayudando a las nuevas generaciones a salir adelante”

“He dado más tiempo a trabajar acá con la gente, en enseñarles a entender este trabajo que es de más maña y procesos que algo mecánico y rutinario. He pasado la mayoría del tiempo desde la pura madrugada y saliendo al caer el manto de estrellas por la noche.”

“Si algo ha sido bueno es que durante estos últimos meses, el gruñón de mi jefe ni me ha llamado para reclamarme como lo hacía normalmente, creo que ya está un poco más viejo que yo y ya solo esperan su jubilación para poder retirarlo”.

“Llegar a casa es una burla, ya todos se encuentran durmiendo y ni modo, me tengo que ir a acostar sin cenar ya que por la hora ni me esperaron y ni comida me dejaron”.

“No digamos en las mañanas, en donde me levanto temprano para poder llegar al trabajo a primera hora y así adelantar con varios temas; dejo a mis hijos y esposa durmiendo, esperando que esa tarde pueda al fin salir temprano para poder llegar y disfrutar con ellos; pero últimamente ya ni me esperan por lo tarde que he llegado”.

“Vengo decidido a sacarle provecho a este día y a terminar mis cosas lo antes posible”.

“Voy ingresando a las oficinas, buscando mi puesto de trabajo, pero vaya que solemnidad, el equipo de trabajo al cual pertenezco ha sido muy unido, pero como cosa rara, hoy están orando a medio pasillo, y no me dejan pasar a mi escritorio; sería una falta de respeto ir y pedir permiso mientras ellos están concentrados orando.”

“Mejor me espero acá a que terminen su ritual y sin decir nada me quedo al finalizar esta ceremonia que a saber por qué la están haciendo; luego me pasarán el chisme.”

“Al fin finalizaron, luego de esperar cerca de media hora, empiezan a desalojar el pasillo; pero algo hace que se me aguaden las piernas.”

“Todo el grupo triste, algunos llorando (los más antiguos), algunos nuevos guardando respeto; todos mirando hacia mi lugar”.

“En mi lugar un bonito arreglo de flores y una veladora con un vaso de agua y una fotografía mía”.

“Tenía rato de no ver a mi jefe; platicaba con otros amigos de la oficina que también ya no los había visto ya que ni pasaban cerca de mí; o cuando pasaban los miraba pasar de prisa frente a mí sin voltearme a ver; pero ya entendía el asunto;  mi jefe les decía que aún no podía creer que hace dos años que, por estar tenso ante una situación en el trabajo, me dio un infarto y quedé tendido sobre el escritorio y ya no volví a levantarme; yo había muerto”.

“Ahora entiendo por qué nunca ocuparon mi lugar; ahora entiendo por qué me ignoraban; y mientras tanto mis seres queridos han tratado de olvidarse de mi ante la poca presencia en el hogar y llorando por el tiempo que pude haberles dado y que no les pude proporcionar”.


“Mientras tanto seguiré deambulando, en mi pena de no haberle dedicado tiempo a lo que se lo tuve que dedicar”.

jueves, 7 de abril de 2016

DE VISITA A LA PANCHITA

Hay lugares que a veces o normalmente uno no conoce o si los ha visto ni se ha tomado la molestia de entrar,  pero resulta que son lugares que en el día a día uno los ve o pasa frente a ellos cuando se va a trabajar o hacer alguna diligencia ya que son establecimientos que “quedan en el camino”. Principalmente en las carreteras principales de la ciudad en donde a sea por la calzada San Juan, la calzada Roosevelt, anillo periférico, Calzada Raúl Aguilar Batres entre otras; en las horas pico se ven “atoradas” de vehículos a la hora pico. Bueno, ahora eso es un decir, en estos dorados tiempos a cualquier hora hay tráfico y prácticamente un tráfico impasable, hasta las rutas alternas se encuentran ahogadas de tanto automotor.

En fin, mientras uno va tratando de avanzar ya sea en carro propio, o puro jalón o bien en camioneta o como Dios le dé a uno la oportunidad de trasladarse; se va viendo con más detenimiento lugares que antes uno no le ponía atención; desde talleres, colegios, iglesias, tiendas de conveniencia; hasta bares, restaurantes, cafeterías y otro tipo de entretenimiento a lo largo del camino.

Pues en un día viernes a eso de las dos de la tarde, cuando Vinicio se alistaba para finalizar su jornada laboral, y precisamente en la hora en que la cruda le estaba pasando la factura de la farra que había agarrado la noche anterior; prácticamente había terminado “bruto” de tanto “guaro” que se había metido en el organismo. El sentir pegadas las paredes del estómago, la boca seca y el dolor de cabeza lo estaban volviendo loco y solo agarró sus cosas y directo al carro para ir a buscar donde quitarse el malestar. “Aunque sea una chela bien fría necesito”- Decía Vinicio.

Arrancó el carro y puso el aire acondicionado a toda fuerza para que le refrescara la cara ante ese sol criminal que solo le aceleraba el malestar. Salió de la oficina y tomó rumbo a la calzada Roosevelt, vía que le llevaba directamente a su casa cerca del paso a desnivel de la entrada al municipio de Mixco por ahí en Lomas de Portugal. Le urgía por pasar a una gasolinera y poder comprar un par de cervezas y “disparárselas” de un solo para ya llegar a la casa y dormir un rato; y así lo hizo, en la primer estación de gas que contaba con un minimarket, entró se bajó y compró el “vital” líquido para él en esos momentos y regresó al carro para írsela tomando durante el trayecto.

A la altura del kilómetro dieciséis en donde al seguir recto se llega a el sector de El Encinal o manteniéndose a la izquierda sobre la interamericana continúa el camino hacia Mixco, aunque bien, esa carretera lo lleva a uno hasta la frontera con México. Precisamente en ese punto donde se encuentran estos caminos, hay una gasolinera de las de antaño en donde a unos cincuenta metros, dentro del predio en donde se ubica esta gasolinera, Vinicio vió una casita o rancho hecho a pura madera, las paredes, techo de lámina, una estructura que a primera vista se pensaría que se va a derrumbar al primer viento, pero lo que más llamó la atención es que decía SEVICHERÍA PANCHITA... “un oasis en este desierto” –pensó Vinicio. “Aunque sea acá caigo con un seviche”.

Buscó la entrada y lo hizo a través de la gasolinera, solo por ahí se podía; para luego llegar a una pendiente que precisamente frente al local podría estacionar el vehículo. Un guardia de seguridad cuidaba la entrada a la instalación y no digamos a los comensales; armado con una gran escopeta y una cara de no dejarse intimidar.

Vinicio ingresó al  restaurante, lo único que tenía parejo era el piso, de puro cemento, pero parejo. Lo cual por deducción, eso era una sola torta de asfalto y sobre eso a puros trozos de madera levantaron el local y le metieron mesas unas cuantas sillas y un apartado que hace la función de cocina, y otro apartado en donde se instalaron los sanitarios.

El olor a comida magnífico, encontró cámaras frías de cerveza y fue tocar el cielo; y sin dudarlo y olvidándose de la instalación; se sentó en una silla de una mesa disponible y ordenó una cerveza. Su agrado fue más al ver que acompañando la cerveza le llevaron de “boquita” una escudilla mediana con una sopa de mariscos que le incluía un camarón y un caracol. Luego le ponen a la par un picante hecho a base de chiltepe destripado con cebolla y limón.

“Esto es un manjar para mi estómago”- se dijo Vinicio. Procedió a pedir un seviche de camarón y concha y procedió a dar cuenta de la sopa y de la cerveza.

Para cuando le llevaron el Seviche ya llevaba media docena de cervezas, ya se había quitado la cruda, pero se la estaba colocando de nuevo. Se comió el seviche, pidió otras dos cervezas y procedió a pagar la cuenta.

Llamó al joven que le había atendido para solicitarle la cuenta, le canceló y se retiró. Iba tranquilo, feliz y un poco más. Llegó a su casa y a dormir  el resto del día. El sábado despertó como nuevo.

En las siguientes cuatro semanas ya se había vuelto rutina el de ir cada viernes a esta sevichería, tan así que se hizo amigo del guardia y del dueño; siendo en esa semana que el almuerzo le salió gratis a raíz que el dueño le había invitado. Ya hasta habían quedado en que él iba a llevar a sus amigos para que conocieran el lugar. El menú tenía de todo, caldo de mariscos, caldo de camarones, conchas preparadas, seviche de cualquier marisco, mojarras fritas, en fin; tenían para deleitarse con la comida.

Luego de varios días insistiéndole a sus amigos, porque varios de ellos le decían “que gacho ese lugar”, “ni planta de restaurante tiene esa babosada”, “he comido en mejore bares”, “esa mierda de una escupida se cae”, “ahí solo entran a miar los chuchos y bolos”, entre otras frases que le dejaban ir; pero los logró convencer.

El viernes siguiente salieron los cinco amigos hacia la sevichería, pasaron comprando unas cervezas para írselas tomando en el camino, por el tráfico que había, mejor irse refrescando decían y se compraron un paquetón para el camino.

Iban dentro del carro escuchando música ranchera, cantando y filosofando de la vida. Ese viernes deparaba que sería un interminable fin de semana.

Luego del atrancado tráfico a lo largo de la Roosevelt, divisaron la gasolinera… “al fin llegamos” dijeron al unísono, ya no les quedaban cervezas del paquetón. A Vinicio le pareció que algo raro pasaba; la puerta principal estaba cerrada y el guardia no estaba.
“Puta que mala suerte, hoy no abrieron”- dijo Vinicio a sus amigos. “Te lo dijimos vos bruto, que en mejore bares hemos estado” le dijeron. Salieron los improperios y las burlas por la mala suerte de que estaba cerrado el lugar.

Para no dejar las cosas así, Vinicio se dirigió a los jóvenes que despachaban el gas y ver si existía la esperanza de que ellos supieran si abrirían o no.

Los amigos lo miraban con burla, le gritaban de todo “Pediles a ellos el seviche”… “mejor vámonos a otro lado” “ahora vos nos invitas al otro paquetón”.. y las risas continuaban.

En una de esas los amigos callaron y se asustaron al ver que Vinicio desmayaba durante la conversación con los jóvenes del despacho de gasolina; salieron en auxilio de Vinicio para ver que sucedía.

Vinicio aún con la mirada ida y expresión de terror, los miró a todos y no podía articular palabras. Los amigos le preguntaron al joven de la gasolinera para saber que pasaba y el joven entre risas y tratando de ser serio les dijo:

“Ya se me hacía raro, yo miraba cada viernes venir acá a su amigo pero nosotros no entendíamos que entraba a hacer a la sevichería que hace un año se quemó,  como era de madera, el fuego ardió rápido que mató al dueño y  la gente que atendía adentro, desde ese entonces esa "champa" está abandonada".


Nadie dijo más nada; recogieron a Vinicio y lo llevaron a su casa.

domingo, 27 de marzo de 2016

EL ÚLTIMO GRITO

“¡¡¡Por la gran puta!!!” Fue el grito desgarrador que se escuchó en las afueras del sport-bar ubicado en el lobby del hotel El Dorado, sobre la séptima avenida de la zona nueve de la ciudad capital. Eran cerca de las dos de la mañana y solamente Pedro y Memo se encontraban en el interior, finalizando de beber el último de los seis picheles que se habían tomado.

“De plano atropellaron a un bolo como vos...” –le dijo Memo a Pedro. Mientras ambos se carcajeaban por la ocurrencia. Finalmente decidieron pagar y retirarse. Les costaba pararse ya que luego de la cantidad de cervezas que se habían metido en el organismo, ya andaban algo “asurumbados”. Y así tomaron rumbo hacia el parqueo para cada quien irse a su casa, era día jueves y al día siguiente tenían que ir a trabajar y por supuesto levantarse temprano. Ambos eran compañeros de trabajo y en lo que iban caminando hacia el carro, tratando de no perder de vista la línea recta, ya que por el efecto del alcohol empezaba a recorrer el trayecto en zigzag; Pedro le dice a Memo: “vos cerote, mañana hay que ir a quitarse la cruda allá donde las patojas que abren a las diez de la mañana”.

Ya, asomándose al parqueo, vieron justo a su mano izquierda, en medio de la oscuridad, a un grupo de unas seis personas, las cuales por la falta de iluminación no se les distinguía muy bien y solo se apreciaban sus siluetas oscuras, que rodeaban a un cuerpo tendido sobre el pavimento quien al parecer había sido atropellado, asaltado o baleado. Ya en la ciudad se esperaba cualquier tipo de muerte, el gobierno era tan ineficiente que el tema de seguridad se le había salido de las manos y ya el ciudadano salía de su casa esperando poder regresar al final del día. Aunque este par de aventureros se la jugaban y andaban trasnochando y bien servidos con la bebida. La cosa es que decidieron acercarse para ver en qué podían ayudar, al ir acercándose escuchaban los murmullos de los curiosos que a lo lejos se podía entender: “pobrecito”, “ya no podemos hacer nada”, “hay que tratar”, “otro que se lo echan por lo mismo”.... Y así fue lo poco que se escuchó. Una jovencita de unos veinte años lloraba amargamente, estuvo unos minutos y se fue.

Cuando Memo y Pedo iban a preguntar a los extraños, de repente aparece un conjunto de luces rojas y verdes, una sirena escandalosa y el rechinado de llantas deslizándose sobre el pavimento. Confusión... “Que desmadre” dijo Memo.

Aparecía la ambulancia, frenaron a la par del cuerpo tendido, se bajaron tres tipos de uniforme azul y su casco rojo, con camilla en mano. “Permiso... Permiso.., ¿qué pasó?” – preguntó el bombero.

Pedro volteó a ver al grupo que estaba antes que ellos para que dieran su versión, pero la sorpresa fue que al dirigirse al grupo... Ellos ya se habían ido. “Que ahuevados... Se fueron los muy jodidos y nos dejaron bien sembrados”.

Pedro y Memo les contaron todo lo poco que ellos vivieron durante esos momentos que los bomberos se rieron y les dijeron: “mejor vayan a dormir y a quitarse la bolencia, y mejor si ya no se asoman por estos rumbos a echarse los tragos o así van a parar”.

Pedro y Memo no habían entendido con toda claridad el mensaje del bombero, únicamente que tenían que ir a quitarse esa borrachera y descansar. “Mejor hubiéramos ido a echarnos las chelas allá al portalito, allá más tranquilo” decía Pedro.

Pero resulta que esta vez, Memo había sido ascendido y ya habían escuchado hablar de este nuevo bar, que decidieron celebrar el aumento en dicho lugar, pero luego de lo vivido, extrañaban su punto de encuentro regular en el centro histórico de la ciudad.

Igual, al fin de mes siguiente cuando Memo recibió el salario y por medio de mensaje de texto recibió la notificación, fue a buscar a Pedro y le dice: “Ya cayó la mosca... Por fin cayó Mercedes...” Lo cual significaba que ya le habían depositado el salario. Por lo tanto, se iban a ir de farra.

Decidieron regresar al nuevo antro, ahí en la zona 9... Llegaron y pidieron un par de picheles, unas alitas con barbacoa y un plato de papas fritas. Pasaron las horas y lograron escuchar un grito de sufrimiento en las afueras... “¡Noooooooo!”... Y luego silencio.

"Mi huevo” dijo Memo... “Esto no es normal”

Decidieron preguntarle al mesero, quien atentamente escuchaba y los miraba como un padre escucha a su hijo contándole de que un perro corría a un gato. El mesero sin ser descortés solamente les dice: “acá pasan muchas cosas, raras eso sí... Pero mejor no salgan.. Muchas veces las sombras que están allá afuera no son buenas y andan tras los imprudentes, mejor quédense acá adentro”.

"Otro bolo" dijo Pedro, carcajeándose....

Pasó la velada y se fueron, luego de ese encuentro con el mesero; durante la hora de almuerzo, le comentaban a sus compañeros respecto s lo que habían vivido. Uno de ellos, se quedo serio y pálido y les decía que tenían suerte, ya que ahí un familiar había sido llevado por las sombras del más allá. Que todas las noches de viernes y sábado, siempre moría alguien en ese sector a manos de las sombras.

Memo y Pedro reían y bromeaban: “las sombras del guaro y de la goma te mataraaaan...” – se carcajeaban.

Pasaron unos meses más y llegó el ansiado día del pago del bono catorce... “Sale fiesta luego de la oficina..!!!!” – dijo Memo.

Pedro ni dos veces asintió y dijo: “a las cinco en punto nos vamos”

Dicho y hecho, al final de la tarde, ya estaban de nueva cuenta en el bar, empezaron justo antes de las seis de la tarde. Ya a las ocho de la noche, Memo andaba sobre girado de tanta cerveza que se había metido, no lograba articular palabras y solo Pedro le entendía,... Según él.

En una de esas, Memo le expresó que no aguantaba ir al baño, el estomago,lo sentía revuelto y bueno, sentía que todo lo,que tenía en el estomago se le devolvía. A cómo pudo llegó al baño, estuvo desahogándose cerca de cinco minutos.

Al salir, ya más tranquilo y mejorado, vio que una jovencita de unos diecinueve años cruzaba la calle, era la misma que estaba llorando la primera noche que él estuvo por ahí, el día de la persona que gritó desgarradoramente y que al salir del bar, estaba muerta al final de la calle. Era la señorita que lloraba y que de repente se retiró del lugar.

“Mi huevo, esta tiene que decirme que pasó y ahora me la conecto”- dijo Memo. Así que salió tras ella. Trataba de alcanzarla, sin tener éxito, pero unas luces lo encandilaron, abrió los ojos hasta más no poder, sabiendo que no podía hacer nada, logro ver a la chica a un lado de la calle, mirándolo y riéndose de él; Memo alcanzó a gritar... “Mierdaaaaa!!”. Todo se volvió negro.

Pedro escuchó un grito desgarrador al nada más ver salir corriendo a Memo del bar. No le quedó otra más que salir.

Para su sorpresa encontró al mismo grupo de personas que casi no distinguía, rodeando un cuerpo y dentro del grupo a una jovencita que no dejaba de llorar. Apareció la ambulancia y bajaron los bomberos. En la incertidumbre que adornaba el lugar, trato de preguntar a la chica, la cual se alejaba de poco en poco; Pedro insistía,, pero la chica lo evadía a cada momento... Mientras lloraba al ver el cuerpo, miraba a Pedro y y reía con una mueca burlona... Era jovencita de unos diecinueve años, con un traje blanco pegado que destacaba su bien definido cuerpo, ojos azules, piel rosada; prácticamente un imán para cualquier hombre enamoradizo.

Pedro se desconcentró unos momentos al ver venir a las ambulancias y a la fila de bomberos con camilla en mano para ver si podían hacer algo por el fallecido, el cual estaba tendido en el pavimento, con una cara de que su último momento fue de terror y miedo. Pedro al regresar la vista a los curiosos... Ninguno estaba, ni la jovencita.

Al ser el único testigo, ya que nadie estaba en la escena del crimen; tuvo que contarles lo poco que había visto, de la salida de Memo buscando a la dama, la gente que rodeaba el cuerpo, el grito desgarrador y todo eso. Pero que le sorprendía que al momento en que ellos llegaban, todo mundo se iba inmediatamente.

Los bomberos se miraron entre sí, con cara seria y le dijeron a Pedro: “sabemos que usted no tiene nada que ver en esto, mejor váyase o por el estoque a guaro que tiene, lo más seguro es que se lo lleve al policía”. Pedro insistió: “¿Pero que pasa?, ¡díganme!”
El bombero insistió: “mejor váyase y no venga por acá, hay una leyenda rara de una jovencita que atrae a los hombres y al llegar a la esquina se los lleva al más allá”

Pedro dentro de su bolencia. Dijo: “bomberos más pajeros, ni que yo me estuviera inventando las babosadas”. Así que se retiró, tuvo que pasar el amargo momento de informar a familiares y amigos respecto al incidente.

Pasaron los días, Pedro estaba deprimidos por la pérdida de su amigo y meditando sobre las palabras de los bomberos; así que le dijo a un compañero de oficina: “vamos a echarnos un par de tragos por los nueve días del Memo, pero eso sí. Estando en el bar, si ya me miras bolo, me sacas; y si me opongo entonces llamas a al policía, pero no me dejes hacer muladas”

El compañero, medio dudando, le dijo que estaba de acuerdo y que así lo haría.

Al final del día salieron de la la oficina y se dirigieron al bar, ambos estaban sentados en la barra tomándose las respectivas cervezas cuando al pedir que les volvieran a llenar los tarros, la mesera les dice que si iban a querer algo más, ya que ella se tenía que retirar.

Pedro quedo sin aliento al ver que era la jovencita que había visto el día de la muerte de Memo. Aún pudo platicarle si podía hablar con ella antes de que se retirara y ella le dijo que si.

Pedro le dijo a su compañero de oficina: “¿viste que bonita esa chava?”. Y el compañero le dijo que “cuál chava? Que solo había visto al administrador del bar que andaba atendiendo a otros clientes”

En esa discusión estaban, cuando Pedro vió que la jovencita salía del bar vestida con su vestido blanco pegado, lo voltea a ver y se ríe picarezcamente y cierra la puerta y se va.

Pedro le dice a su compañero: “hoy arreglo el misterio de la muerte de Memo”. Y esto se debí a que ni la familia ni en el trabajo, le habían creído la historia que Pedro les contó. Es más, le increpaban a Pedro ya que él no había hecho nada por la vida de Memo, en fin, Pedro fue a solventar el misterio.

Pedro sale tras la chica, logró darle alcance y la toma del hombro para llamar la atención de la jovencita. En eso ella se da vuelta y todo fue confusión, su cara era pálida, sus ojos grises, con un vestido negro como la noche, y una vela en la mano...

Pedro quedo petrificado, al querer salir corriendo sintió pesadez en sus piernas y vió que un grupo de sombras se dirigían hacia él, riéndose y burlándose. Se le erizo toda la piel, no podía gritar, no articulaba ninguna palabra, no había nadie cerca; regresó a donde estaba la jovencita y debajo de su manto negro solo se podía apreciar a un esqueleto tomando una vela blanca en la mano. Pedro quiso gritar, o gritó pero su alma había sido tomada.