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jueves, 11 de mayo de 2017

EL TESORO DE LA POZA

EL TESORO DE LA POZA

Corre el agua color turquesa, embelleciendo siete caídas de agua que forman siete pozas al final de cada cascada. Profundas y transparentes y refrescantes.

Miguel y su novia Ana fueron de visita a este lugar, dispuestos a relajarse y tomar un chapuzón. Ana entusiasmada tomando fotografías del lugar, mientras Miguel miraba en todos los rincones que la vista le alcanzaba a través del agua cristalina de las pozas.

Fueron escalando en el terreno montañoso y húmedo, se detenían en cada cascada. Miguel no quiso llegar a la última poza, se quedó enfrascado en la quinta y con la insistencia que ahí nadaría.

Ana insistía para subir y Miguel no cedía, le tomó la mano y le invitó a zambullirse. Dentro de la poza, no dejaba de apreciar los bellos ojos de la chica que hacían juego con el color del agua. Miguel le dio un beso y se sumergieron.
Luego de un par de minutos, Miguel subió con un pequeño cofre, lo abrió; sonrió y se fue.


Contaba una leyenda que en la poza más profunda, el que sacrificara a una virgen de ojos del color del agua, disfrutaría del tesoro oculto que había en ella.

viernes, 27 de enero de 2017

DELFIN DE ORO

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Primer día de clases de por sí puede llegar a ser de alegría para unos, ya que conocerán a nuevas personas, se reunirán con sus amigos de años anteriores, porque es un nuevo reto de otro año para acercarse a su meta de cerrar su carrera, ya sea de nivel medio o universitario;  y también de tedio para muchos otros que empiezan a padecer con las despertadas temprano, el buscar el transporte para que los trasladen al centro educativo (para los que no cuentan con vehículo propio y que normalmente es la mayoría de estudiantes), la realización de tareas, etcétera. “No hay dos glorias juntas” decían por ahí.

Y, así pues, una muchacha que estudiaba la carrera de medicina, prácticamente a media carrera, era del listado de las personas que se tomaba con alegría el inicio de un nuevo ciclo académico. La “majito” le decían, parecía una niña adolescente a pesar de contar con apenas veintiún años; una jovencita menudita, de estatura promedio, pelo liso y largo de color castaño, con ojos picaros de un color miel y lo más envidiable que siempre estaban con una sonrisa y una actitud positiva ante la vida ya sea en la bonanza y las adversidades, y por supuesto un carácter sólido, recio y decidido. Esta su manera de ser la hacía atractiva hacia el sexo opuesto, que si bien es cierto no era precisamente una mujer de portada de las revistas que promocionaban trajes de baño; era agraciada y los hombres hacían hasta lo imposible para poder ganársela y buscar una relación con ella, pero por su mismo carácter los mandaba a volar ni bien habían empezado con el protocolo de conquista. Majito al platicar con sus amigas argumentaba “estos calenturientos, mejor que estudien y luego que me gane el que realmente demuestre que se quiere superar igual que yo. Yo no pienso tener novio hasta no terminar esta carrera que merece atención y concentración.”

Como cada año, desde que finalizó la educación media como maestra de primaria, la Majito se dedicaba a estudiar su carrera universitaria por las mañanas y por las tardes tenía un trabajo temporal de dar clases o tutorías a los niños para poder obtener ingresos y así poder aportar económicamente un ingreso extra en su hogar y poder pagar algo de su carrera la cual requería mucha inversión en textos y materiales.

Pero ese año todo cambió y de la forma en que Majito menos se esperaba y que no tenía contemplada. Le tocaba recibir un curso nuevo dentro del pensum, relacionado a aspectos legales y otros temas relacionados. Ella ya contaba con el programa del curso y el primer día de clases de mala fortuna por un accidente sobre la carretera que ella debía tomar diariamente para ir a la universidad, se había retrasado y no llegó en tiempo. “El viejo ese de plano pasó lista y apareceré ausente el primer día de clases, lo voy a ir a buscar durante el receso”.

Majito llegó a la Universidad, segura de que repondría esa inasistencia, tomó el resto de cursos del día y durante el receso se dirigió hacia el salón de catedráticos decidida a negociar la inasistencia al curso. Al asomarse al salón, justo lo que ella sospechaba, un puñado de catedráticos que sobrepasaban los cuarenta y cinco años de edad (en apariencia), y ella se preguntaba “¿ahora cuál de estos viejos será?” Y por primera vez sintió vergüenza al tener que imaginarse que tenía que ir a preguntar de quien era el catedrático de un curso al cual ella no asistió el primer día. En ese instante en que se había aclarado la voz para dirigirse a investigar quién era el tal “viejo” que le daba ese curso, escuchó una voz ronca y seria detrás de ella y una palmada en el hombro que le dijo: “Señorita, tengo el ligero presentimiento que está usted buscándome”. Majito volteó decidida y al descubrir al personaje que le hablaba, quiso que se abriera la tierra para ella desaparecer en ese momento, se quedó con la lengua amarrada, trataba de articular la voz y no sabía ni que decir, en fin, los nervios se la ganaron.

“Tranquila y disculpe que la haya asustado; pero sus compañeras de clase me dijeron que venía a buscarme al salón y por eso vine hacia acá y bien, dígame ¿cómo puedo ayudarle?” 

Majito seguía sin articular palabra y sus ojos color miel abiertos en su totalidad; esto sucedía mientras una risa sarcástica, adornada con una dentadura perfecta y brillante y una mirada penetrante de unos ojos grises verdosos que la traspasaban directamente de parte de un catedrático que medía cerca del 1.90mts de estatura, complexión atlética, dando la impresión a primera vista que hacía esas cosas de Pilates y ejercicios fitness para mantener un cuerpo esbelto; esto aunado su tez bronceado natural y su barba a medio afeitar, con una vestimenta que contrastaba con la del resto de catedráticos que usaban traje completo; un jeans de apariencia desgastado, una playera de color celeste con cuello en V, y un saco tipo blazer. Daba la impresión de que acababa de darse un duchazo, el pelo color café tirado hacia atrás y una loción con aroma a madera. En fin, la Majito estaba rendida ante su nuevo catedrático. “A este mejor le saco una cita en lugar al perdón por mi ausencia” decía Majo en sus adentros.

Pero se logró controlar al ver a semejante profesional que era como ver a una mariposa monarca en medio de un nido de ronrones.

“Perdón doc.”.. y tragó saliva la pobre Majito y trató de continuar: “Es que… Es que… ayer… mire pues… ayer… un accidente… y bueno… atrancazón… y… el tráfico…. Y….”   El catedrático en seco le paró, con educación, pero le pidió detener su incomprensible argumento… “Tranquila, entiendo; no se preocupe, a otros tres estudiantes más les pasó lo mismo; no tomaré en cuenta esa inasistencia; mejor vaya a tomarse un cafecito y luego me busca” y luego del comentario el catedrático le guiñó el ojo picarescamente; dio la vuelta y se despidió con un movimiento de la mano derecha.

La Majito quedó todavía tratando de ordenar ideas y articular palabra alguna. Ni quiso volver a mirar para buscar la figura del catedrático dentro del mundo de estudiantes que transitaban por los pasillos; decidió retirarse, tranquilizarse y prepararse mentalmente para poder manejar su comportamiento y sus nervios en las siguientes clases en donde era un hecho que iba a verse cara a cara con el catedrático.

Durante esa semana, Majito asistió a su clase dos veces y fue suficiente para que ambos quedaran más que flechados. Majito continuaba con su nerviosismo evidente cada vez que platicaba con él, aunque sus ojos color miel la delataban por las miradas que se cruzaba con el catedrático; miradas de complicidad en donde el catedrático era más discreto y mantenía la seriedad del caso ante la mirada de enamorada de Majito.

Al salir de la última clase de la semana, el catedrático, que ya se había presentado en clases como el doctor Kamp (de origen europeo); se encontraba sentado detrás de una de las columnas del complejo universitario, justo en el sector de la salida en donde todos los estudiantes recorrían al momento de finalizar las clases. Dentro de un grupo de estudiantes iba Majito y el doctor Kamp la divisó y fue en búsqueda de ella. “Hola Majito, disculpe que le moleste, pero tengo una duda con la investigación que entregó hace un par de días.”

Majito extrañada, asombrada y al mismo tiempo encantada de la vida, decidió ser cómplice de esa solicitud, ya que ella bien sabía que ese era un pretexto claro que buscaba el doctor Kamp para entablar conversación con ella.

“Buena tarde doctor Kamp, gusto en saludarle; dígame ¿cómo puedo ayudarle?” le respondió Majito tratando de mantener la seriedad y cordura. “Para usted solamente Richard por favor Majito” le indicó el colegiado. Majito parecía caer derretida a sus pies, pero logró contenerse.

Luego de ese intercambio de saludo en donde dejaron abierta la confianza, empezaron a platicar sobre la universidad, temas personales de cada quien como deportes, aficiones, pasatiempos, viajes y cerraron la conversación en lugares favoritos para ir a comer o bien la comida preferida de cada uno. Y en ese último tema fue donde Richard le propuso a Majito ir a comer a un restaurante cerca, en dónde vendían postres y un buen café. Ahí se les fue la tarde, ambos enamorándose, se tomaron de las manos y se besaron. Prometieron no decir nada y así cerraron la cita de ese día.

Luego, durante las siguientes dos semanas salían a diario y disfrutaban tal cual pareja de novios; iban al cine, cenaban, jugaban boliche, entre muchas más. Ese viernes de la última semana, habían quedado de ausentarse los dos de la Universidad, igual ese día ellos no coincidían en la misma clase a lo cual nadie podría sospechar.

Acordaron reunirse en la universidad y salir en un solo carro hacia la playa y luego al final del día regresar al mismo punto para que luego cada quien pudiera retirarse para su casa. Y así fue, Majito fue la primera en llegar y casi ni tuvo que esperar y apareció Richard, algo agitado y con cara de preocupación por no haber sido tan puntual para la hora del encuentro. Richard le pidió a Majito que se fueran en el carro de ella, ya que el de Richard tuvo problemas por la mañana con su vehículo y su hermano lo había ido a dejar a la universidad.

Se subieron al carro de Majito y se fueron a su escapadita, todo el trayecto hacia el puerto de San José fue de lo mejor, había buen clima, pasaban en cada tienda de conveniencia de las gasolineras para tomarse una cerveza, se disfrutaban; se besaban, se abrazaban, reían; tenían un aura espectacular de pareja ideal; iban como que si estuvieran de viaje a su luna de miel.

Ya cuando iban llegando a la playa, Richard le empezó a decirle a Majito el camino a tomar; ella pensaba que sería ir a pasarla bien a la playa pública, un restaurante, bañarse, cervezas y estar tomados de la mano a la orilla del mar; pero resulta que el camino los llevaba a una casa que Richard había alquilado a orillas del mar. Majito ingresó al área de parqueo y ella ya mostrando un poco de nervio, Richard solo se rio, la tomó de la mano, le dio un beso en los labios y la invitó a pasar. Había creado un ambiente romántico de un gran enamorado. Majito sabía que iban a ir a la playa, pero no que estarían en una casa, solos los dos, ella ya no sabía qué hacer; su corazón y cuerpo le decían que se quedara, su mente todavía racionaba, pero que al mismo tiempo no le convencía.

Richard le invitó a conocer el recinto y le señaló un dormitorio para se pusiera el traje de baño y así, ir a caminar a la playa; el hizo lo mismo, se fue a otro dormitorio y se colocó el traje de baño.

Eran cerca de las ocho de la mañana y disponían para estar ahí hasta las cuatro de la tarde, para que, al regresar a las seis de la tarde, pudieran llegar a la universidad justo a la hora de salida y así nadie sospechar nada. Justo lo esperado por Majito y para tranquilidad de ella; disfrutaron de la playa, caminaron, se tomaron unas cuantas cervezas y comieron en un restaurante; luego decidieron regresar a la casa para alistar sus cosas y así regresar.

Majito decidió darse un duchazo antes de salir de regreso a la ciudad, lo bueno es que cada habitación tenía su propia ducha, así que ella ya estaba tranquila, pero luego de la caminada, quemada y platicada; ahora a ella le preocupaba que se acabara el día y que hasta ahí quedara el día feliz que tuvo con Richard.

Al salir de la ducha, ella con su bata puesta; se encontró a Richard, con una mirada única; perdido en los ojos de Majito y una sonrisa de afecto que no le había visto en los pocos días de estar juntos.

Richard se acercó a ella y le dijo: “eres lo más bello que mis ojos hayan visto y esto será para siempre”. La abrazó, la besó y de su mano apareció una cadenita o gargantilla de la cual pendía un pequeño delfín de oro el cual colocó a Majito alrededor de su cuello.

Luego la volvió a besar y Majito ya no dijo nada, solamente se dejó llevar hasta tocar el cielo.

Ya cercano el atardecer iniciaron el retorno a la capital, ambos quisieron regresar abrazados todo el viaje; pero uno de ellos tenía que manejar y al ser el carro de Majito, ella manejó de la playa a la ciudad capital. Seguían hablando de planes, se tomaban de la mano, en cuanto podían se besaban. Eran felices. Ella no dejaba de mirarse al retrovisor del vehículo para ver cómo lucía el delfín dorado encima de su piel bronceada.

Estando en la capital, al acercarse a la universidad; Richard le dice a Majito que, para evitar sospechas, porque era la hora de salida; entonces que lo dejara unas dos calles antes del parqueo, igual a él lo iría a traer su hermano y que mejor que nadie los viera juntos para evitar los comentarios respecto a su relación.

Majito lo dejó, y de igual forma decidió entrar a la universidad ya que necesitaba unos documentos precisamente para elaborar un trabajo para la clase que impartía Richard. “Ahora menos que le quede mal a mi amado” dijo entre si Majito.

Ya todos iban saliendo, así que de lejos medio saludó a sus compañeros de clase y ella iba a toda velocidad al aula y pensando “ojalá lo pueda ver dentro de la U”.

Al entrar a la clase vió a un joven, parecido a Richard…” puta, su hermano y yo vine antes que él” -dijo Majito para sí misma. Trató de actuar con naturalidad, pero el hermano no estaba solo, estaba con el decano de la facultad y con otra señora, elegante, vistiendo un elegante vestido negro, con joyas desde las manos, hasta las orejas, cuello y por todos lados; daba la impresión de que Richard era de muy buena familia.

Eran justo las seis de la tarde, y las tres personas se le quedaron mirando a Majito; el hermano se acercó y le dijo: “Tengo entendido que has estado saliendo con mi hermano”… Majito quiso morirse, deseaba que llegara Richard, al hacerse para atrás y tratar de salir corriendo, el hermano y el decano trataron de tomarla de los hombros; ella forcejeó y les dijo que no iba a salir corriendo. Dentro de ese forcejeo, ella se tomó el cuello y ya no se sintió la cadena que Richard le había dado con el pendiente del delfín de oro. “Me lo reventaron estos cerotes”- pensó Majito.

Ella iba a recriminarles su acto desagradable de tratar de retenerla a la fuerza y escuchó la voz de la madre: “Majito, tranquila; me disculpo por el actuar de mi hijo y el decano; pero Richard nos pidió que te entregáramos esta carta y esta cajita; ya que luego de un accidente que tuvo hace dos días; en donde tuvo hemorragia interna; falleció hoy por la mañana”


Majito cayó sentada en un pupitre del aula, sintió un escalofrío terrible; no entendía lo sucedido en todo ese día viernes en donde ambos disfrutaron y se entregaron. Ella abrió la carta y decía: “Para que me tengas siempre en tu corazón” y abrió la cajita y encontró la cadena y el pendiente del delfín de oro.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LA MORGUE

Aún con los ojos irritados por las veinticuatro horas que estuvo cubriendo su turno, con las ojeras marcadas profundas casi de un color morado que resaltaba en su piel blanca y hacía más brillantes sus ojos celestes; tratando de degustar un café espeso sin azúcar para poder aguantar a llegar a las seis de la mañana para poder ir a dormir todo el día y recuperarse del desvelo. Parado, aún erguido con sus casi un metro noventa de estatura, de complexión atlética y firme, con un olor impregnado a formol y medicinas. Frente a la ventana, mirando al exterior en donde el paisaje no era nada más que una avenida llena de vehículos, edificios, gente corriendo de un lado a otro dando inicio a su jornada laboral y uno que otro perro salvándose de ser atropellado por los vehículos o pateado por las personas. Ruido de bocinas, buses de transporte colectivo violando las leyes de tránsito cambiándose de carril en carril y deteniéndose en donde a ellos se les antojaba, motoristas zigzagueando como zancudos en medio de los vehículos, elevando así las posibilidades de tener algún accidente. “Más trabajo para mí”- sonreía sarcásticamente Sergio.
 
Sergio, quien ya tenía más de diez años de realizar la misma rutina en el Hospital Nacional, ubicado en la zona central de la ciudad capital; de pararse en la ventana y ver ese espectáculo matinal en donde todos andaban como locos a las seis de la mañana, mientras que él con un café, agradeciendo que al momento que él se retirara del hospital podría dirigirse a su hogar sin ningún contratiempo.
 
Luego de su rutina de meditación parado en la ventana con su taza de café, regresa a su escritorio para ordenar la documentación del trabajo de las últimas horas en la sala de autopsias en donde Sergio trabajaba en la morgue del Hospital Nacional; un médico forense de trayectoria, quien por su fanatismo por el trabajo se le había olvidado que había vida fuera de esas cuatro paredes llenas de camillas y de cuerpos inertes que le correspondía revisarlos y realizarles el respectivo proceso de autopsias para determinar el causal de la muerte de cada uno de ellos.
 
A veces se sentía solitario, pero le vencía la pasión de su trabajo y eso evitaba que Sergio pudiera tener una vida con más actividad social o una vida donde pudiera tener pareja sentimental.
 
Cada vez que llegaba el jefe al área de trabajo de Sergio, siempre le molestaba diciéndole “va a ser más fácil que te enamores de una muerta a que te cases con alguien en vida”.  Sergio reía por ello, y siempre le parecía sospechoso que, de un día para otro, siempre le aparecía algún asistente o estudiante de último año de ciencias forenses; ya que le indicaban que era para irle a ayudar. A lo cual más parecía que el jefe le estaba consiguiendo formas de poder hacer que Sergio se fijara en alguien.
 
El problema es que las mujeres que llegaban, miraban ya a Sergio como un carnicero, ya que, por la experiencia del caso, el tiempo de estar haciendo siempre lo mismo; cada cuerpo, Sergio lo trataba como que si estuviera jugando con un muñeco o como trabajan los carniceros en los rastros. Sergio era práctico, siempre les decía que esa era la labor y qué mejor si le buscaban la practicidad para salir pronto de ese evento que de por sí no era agradable.
 
Las “ayudantes” no duraban ni dos meses con él, solo una fue capaz de soportar seis meses porque se había enamorado de él, y habían tenido un par de encuentros en los días en los que Sergio no le tocaba ir a hacer turno, pero hasta ahí quedó. La pobre mujer no soportaba la frialdad de Sergio, y peor cuando intimaban; ya que era de frío al igual como el hacía sus autopsias, no le ponía sal al asunto y la mujer terminó decepcionándose y se largó.
 
Sergio por supuesto se había enamorado, a su manera; pero se había enamorado y quedó destrozado. En ese instante le habló a su jefe que le dejara de estar enviando ayudantes para realizar la labor ya que él podía hacerlo solo.
 
A sus treinta y cinco años, tenía que sentar cabeza; pero se apasionaba tanto por su trabajo que prefería abrir cuerpos muertos que buscar tener relación sentimental con una mujer.
 
Luego de ordenar su escritorio y dar el último sorbo de café espeso a la taza, se quitó su bata blanca para colgarla en un clavo que estaba colocado justo en la pared detrás de él. Se acomodó su pelo rubio con sus manos, se restregó los ojos, tomó su dispositivo electrónico Tablet, retiró su teléfono móvil de la conexión de carga y se dispuso a retirarse.
 
Como Sergio no tenía vida social, al salir a la calle era como un ciudadano más, la única diferencia era su estatura, su piel, sus ojos y su facha, que de médico no tenía nada. Ya que luego de retirarse su bata blanca, quedaban expuestos unos pantalones jeans desteñidos haciendo juego con camisas de manga larga de cuadros y en ocasiones, con playeras blancas de cuello redondo.
 
La gente se le quedaba viendo, pero más por las ojeras tan profundas y oscuras. En una de esas un niño como de seis años que iba de la mano de su madre dice: “Mami, ese señor parece mapache.”  Sergio se hizo el loco, pero sonreía por la ocurrencia; mientras la madre iba cambiando de colores por la vergüenza y por el enojo, increpando al niño por lo abusivo en comparar la apariencia de una persona con la de un animal. En fin, a veces es bueno salir a descubrir el mundo se decía Sergio.
 
Como Sergio, un día se quedaba en el Hospital y otro día era de descanso, dispuso pasar a un supermercado y abastecerse de comida y bebida. “Hoy voy a cocinar rico y me voy a disparar un par de chelas bien frías”- se dijo.
 
Así pues, al salir del supermercado y llegar a su casa, preparó unos fideos con camarones, una ensalada de tomate, cebolla y lechuga, preparó una sopa de vegetales y no pudo faltar las respectivas cervezas que se iba tomando mientras preparaba los platos y durante la hora de la comida.
 
“Luego de esta comida y bebida voy a dormir como un bebé”- pensó Sergio. Luego de recoger y lavar los platos se fue a la sala a ver televisión, puso un canal de videos musicales y en una de esas se quedó dormido profundamente.
 
Luego de esas casi catorce horas de sueño, Sergio despertó revitalizado; sentía un poco seca la boca, y dio gracias al cielo al ver que en la refrigeradora le habían quedado cervezas del día anterior, a lo cual dispuso a ir y abrir una.
 
A falta de ocho horas de ir y tomar su turno de labores en la morgue, ya llevaba cerca de tres cervezas; ya estaba recuperado. Dispuso ir a recostarse un rato antes de salir, pero una llamada le interrumpió sus intenciones. Era el jefe de Sergio: “Sergio, urge que te vengas a la morgue, hubo un accidente y acá tenemos por lo menos una docena de cuerpos, incluyendo los del piloto y ayudante del bus, quienes al parecer iban ebrios.”.
 
“Ya somos tres ebrios entonces”- pensó Sergio. “Con gusto jefe, ya voy para allá”. Fue la respuesta de Sergio. El jefe le sentenció: “Hoy si no me vayas a reclamar, pero pedí una persona más para que te ayude; no sé a quién te mandarán, pero es necesaria la ayuda en esta eventualidad”
 
Disparado salió Sergio de la cama, se cepilló bien los dientes, se preparó una taza de café y salió directo al hospital nacional en donde había crisis por el accidente registrado por un bus extraurbano, quien por andar en carrera para ganar pasajes, atropelló a un motorista que no iba en su carril y luego el piloto del bus perdió el control y terminó cayendo en un puente de paso a desnivel en una zona céntrica de la ciudad, el ayudante del piloto que iba parado en las gradas de subida de la entrada del bus, salió disparado y un vehículo particular le pasó encima provocándole hemorragia interna y muerte inmediata; el bus al caer de frente en la caída del puente, hizo que el piloto al no andar con cinturón de seguridad, saliera expulsado por el vidrio delantero estrellando su cráneo contra el asfalto, también muriendo inmediatamente; los pasajeros; los que iban parados y en la parte de adelante fueron los que sufrieron más, al terminar aplastados entre los tubos retorcidos y presionados por los pasajeros de atrás. Ellos muriendo por asfixia. Sergio iba imaginando encontrar un escenario dantesco en la emergencia y en la morgue del hospital.
 
Sergio llegó justo a la entrada del hospital, el escenario no era como él se lo imaginaba; era peor. Ambulancias por todos lados, gente llorando desesperada preguntando por sus familiares, en emergencia se miraban entrar cuerpos desfallecidos, no se sabía si estaban heridos, desmayados o si estaban sin vida.
 
A como pudo, Sergio logró entrar hasta la oficina del jefe. Quien por cierto estaba sudando y también desesperado, porque no solo el hospital había colapsado, pero como el gobierno no les daba recursos necesarios, entonces andaban sin medicamentos y sin accesorios para cubrir las emergencias.
 
Sergio no le dijo nada más que: “Ya vine y me voy a mi lugar, cuente con mi apoyo”. Salió al pasillo y de regreso a la locura, enfermeras, médicos, residentes, camillas, bolsas de suero, ropa con sangre, de todo. Pura película de esas de guerra pensaba Sergio.
 
Trató de concentrarse y se fue a su área, logró pasar entre la marea de personas que circulaban en los pasillos del hospital y entró directo a su escritorio a tomar su bata médica, colocarse su gafete de identificación, tomar su tablero de anotaciones y justo cuando se disponía a salir a los pasillos para tratar de apoyar en el orden una voz femenina le dice: “Buen día doctor, me tomé la libertad de ordenar los ingresos de las personas que medicamente ya se encuentran fallecidas luego del accidente, están ordenadas una a una en la sala de recepción de la morgue, de nuestro lado ya todo está controlado.”
 
Manteniendo la frialdad que le caracterizaba, miró de reojo al lugar de donde provenía la voz tímida, temblorosa y quedita de la mujer que le había hablado. “Otra mujer me mandó este jodido, ni porque hay crisis no deja de mandarme candidatas para ver si me conquista alguna”-pensó Sergio.
 
Al llevar la mirada hacia una figura menuda, de pelo corto rizado de color negro, en donde unos grandes ojos negros de mirada tímida, adornados por unas mejillas blancas y pecosas, y al ver esos labios delgados y rosados de donde provenía la voz nerviosa; Sergio se quedó desarmado.
 
“Buen día, discúlpeme, pero al estar siempre solo acá, no pensé que habría alguien más; y le agradezco lo que ha hecho en este momento de crisis. Mucho gusto, soy Sergio.”
La ayudante, quien se ruborizó por el saludo de Sergio se presentó como Lourdes, estudiante universitaria del último año de carrera de Ciencias Médicas Forenses de una universidad privada.
 
Sergio, tratando de mantener la cordura, ya que; encima de todo le saludo cortésmente con un suave apretón de manos en donde sintió la suavidad de la piel de Lourdes y un aroma fresco a flores combinado con la brisa de un bosque en medio de una montaña nevada, que lo dejó desestabilizado. Le dijo: “Bueno Lourdes, arreglemos este embrollo y pongámonos a trabajar y así poder entregar estos cuerpos a la brevedad posible”.
 
Al ser aún una estudiante de último año, le brindó todas las indicaciones y precauciones; que si se sentía con nauseas había un baño a escasos metros; le indicó el lugar donde estaban los utensilios, hasta le aclaró que por ser morgue ahí no espantaban ni se aparecían fantasmas, ni que se movían los cuerpos de lugar o de posición o nada parecido. Y que si tenía alguna duda que no tuviera pena en preguntar; “Igual, qué más le podía pasar a un muerto si la chica cometía algún error en algún procedimiento, igual ya estaba muerto y no lo podía matar dos veces”. Pensaba la fría mente de Sergio.
 
Se pusieron a trabajar y lograron salir en menos del tiempo esperado; a Sergio le admiró la actitud de Lourdes; a pesar de ser una muchacha de “familia rica y bien bonita” decía Sergio; se entregaba a la labor forense de una forma en que ninguna otra persona de las que Sergio había conocido. Lourdes se daba cuenta que Sergio no le despegaba la vista y cada vez que cruzaban miradas, Lourdes le guiñaba el ojo y se ruborizaban sus mejillas. Sergio se derretía internamente, aunque por fuera mantuviera esa imagen fría y sobria que le había caracterizado.
 
Sin estimar el tiempo que había transcurrido, finalizaron su labor; se olvidaron de comer, de beber agua y de ir al baño. Se afanaron en la labor que la terminaron en menos de veinticuatro horas. Lograron entregar los informes respectivos para que los familiares pudieran dar cristiana sepultura a las víctimas del fatal accidente.
 
El jefe de Sergio los felicitó y los mandó a descansar con derecho a un día libre adicional. Sergio se lo agradeció, pero él le dijo que se iba a mantener en sus horarios normales pero que le pasara el día de descanso para otro día que él lo pudiera necesitar. Lourdes fue la primera en retirarse, se despidió de lo más normal y le alargo el brazo a Sergio para despedirse de él con un apretón de manos; y con una sonrisa entre pícara e inocente le dijo “ha sido un gusto haber trabajado con usted doctor”. Se dio la vuelta y se fue.
 
Sergio sin saber que decir, voltea a ver al Jefe y le dice: “ella sí pudiera ser mi auxiliar en la morgue, evalúe por favor si la puede hacer venir de ahora en adelante”.  El jefe con mirada de complicidad, solo se ríe meneando la cabeza de un lado a otro y solo le dijo: “ve y descansa mejor, picarón”.
 
Pasó el día de descanso y Sergio no dejaba de pensar en esa mirada, esa sonrisa y el rubor de Lourdes. Estuvo tan ocupado ese único día que se conocieron, que se arrepintió ni tan siquiera averiguar en donde vivía o si tenía alguna red social, solo sabía que era Lourdes. Pero se le ocurrió que al día siguiente que le tocara turno, ir a ver a los registros de ingreso del hospital para poder verificar el nombre completo y así poder iniciar la búsqueda.
 
Al llegar al hospital, de nuevo la rutina de ir a su escritorio a recoger su bata, colgarse su gafete y revisar el listado de personas que ya tenía en fila en la morgue para iniciar su labor, entra el jefe acompañado de Lourdes para presentarla como el nuevo apoyo que tendría a partir de ahora en la morgue del hospital, le guiñó el ojo y se retiró dejándolos así solos y con la oportunidad que Sergio quería de interactuar y conocerla, pero para variar Sergio se quedó mudo de nuevo.
 
Lourdes rompió el hielo diciéndole: “Que bueno que hoy no hay accidentes; así que ya podremos platicar más”. Entonces el ruborizado fue Sergio. Pero se repuso y estuvo de acuerdo. Le invitó a un café, hablaron de su experiencia en otros hospitales e intercambiaron opiniones relacionado a lo profesional. Todo esto, mientras realizaban su labor con los cuerpos registrados en la morgue.
 
Iban a pasar el turno juntos así que, como si se hubieran puesto de acuerdo; finalizaron su labor a toda velocidad y así les quedó la madrugada para filosofar. Cada uno hablo de su vida, de donde venían, de sus amores pasados, de sus deportes favoritos y de mil cosas más.
 
El tiempo pasó volando, cuando sintieron tenían que despedirse; a ambos se les quedó ese nudo en la garganta, pero pudo más el orgullo; se volvieron a despedir de apretón de manos y sería hasta dentro de veinticuatro horas para volver a cruzar sus miradas. “Esta ya es colgazón”- dijo Sergio.
 
El siguiente día de turno, la misma rutina; con la única diferencia que Lourdes llevó el café de una cadena famosa de cafeterías a nivel mundial y que era un hecho que era de mejor calidad del que Sergio sacaba de su frasco de café instantáneo.
 
Ese día no hubo mucho que hacer. Estuvieron arreglando unos papeles y contando chistes; en una de esas que estaban arreglando el último archivero que les quedaba; Sergio impulsivamente besó a Lourdes en los labios. Ella ni los ojos cerró, es más los abrió al límite y empujó a Sergio; quien ruborizado solo dijo “perdón” y se dirigió a su escritorio para ponerse a leer unos informes.
 
Recriminándose a sí mismo: “que mula soy”. No advirtió la presencia de Lourdes quien en un abrir y cerrar de ojos se le puso frente a frente y ella lo besó a él. Una vorágine, estaban solos, sin tareas pendientes y ambos en una vida de soltería; dieron rienda suelta a sus sentimientos. Sergio estaba descontrolado ante los encantos de Lourdes, sus finos labios, su piel suave y con un aroma penetrante, la degustaba. Bizarro, pero aprovecharon las camillas vacías para dar rienda suelta a sus sentimientos y su pasión. En eso se les fueron las últimas ocho horas del turno.
 
Lourdes, le había dicho que sus padres vivían en el oriente del país y que ella vivía en una casa de estudiantes con una su amiga. Y le propuso si podía pasar ese día de descanso en su casa, a lo cual Sergio accedió quedaron de acuerdo.
 
Sergio había vuelto a aperturar su corazón, de un día para otro se había enamorado de Lourdes. Ese día al salir del hospital se fue directo al supermercado para comprar de todo y hacer de ese día, un día romántico; compró vino, diferentes jamones y mariscos.
 
Llegó a su apartamento y preparó toda la comida; justo finalizando cuando tocaron a la puerta y el corazón le latió a mil, en efecto; Lourdes del otro lado, con un vestido a la altura de la rodilla, ajustado al cuerpo, lo que le permitía mostrar esa silueta perfecta. Un maquillaje sutil. Que Sergio quedó mudo. Pero tratando de romper el hielo le dice: “Creo que la comida la tendré que recalentar luego de que comamos antes el postre” y medio trató de sonreír.
 
Lourdes cruzó la frontera de la puerta, se vieron a los ojos, se saludaron con un beso tierno y profundo para luego dirigirse directamente al dormitorio de Sergio, en donde se disfrutaron, se amaron, tomaron vino, rieron disfrutaron.
 
Finalizaron el día en el sofá, viendo televisión, abrazados, cubiertos con una colcha; Sergio no dejaba de admirar la belleza que tenía en sus brazos, el amor de su vida. En esas estaban cuando de repente empezaron a somatar la puerta del apartamento de Sergio insistentemente. Sergio preguntó quién era; y solo somataban con más fuerza; Lourdes se fue a esconder al cuarto de Sergio, luego de unos segundos, la puerta sonó con más insistencia y se escuchó una voz; “Sergio, Sergio… abre la puerta, por favor… es urgente; hay otra emergencia”
 
Era la voz del jefe. Sergio volteó hacia la puerta de su cuarto y vió a Lourdes que sonreía, le tiró un beso y le guiñó el ojo. Sergio le devolvió el gesto y realizó una mueca, levantando los hombros de a saber que le pasaba al jefe que lo estaba buscando urgentemente a las puertas del apartamento. Así que se puso una pantaloneta y se dirigió a abrir la puerta.
 
Al abrir la puerta el jefe con cara de preocupación, lo toma de los hombros y lo agita fuertemente. Sergio no sabía que pasaba.
 
La insistencia en la sacudida hizo que Sergio levantara la cabeza. Atónito y sorprendido. Con los ojos desorbitados, Sergio miraba a los ojos a su jefe. No entendía que pasaba.
Sergio estaba en su escritorio en la morgue, vestido con su bata, se había quedado dormido sobre los informes que estaba revisando. “Qué pasó?” – fue lo único que pudo articular Sergio.
 
“De plano te quedaste dormido y te lo tenías merecido por la faena de ayer con el accidente de la camioneta; pero resulta que hace dos horas que los saqué de mi oficina para que vos y Lourdes fueran a descansar, de dicha te quedaste por acá, porque a la niña Lourdes, al ir buscando la parada de bus, hubo una balacera y le cayó una bala perdida y la acaban de traer acá al hospital con otros cuatro más que estaban ahí metidos.”
 
Sergio incrédulo, aún tenía impregnado el olor del perfume de Lourdes en su cuerpo, tenía el sabor de sus labios y los recuerdos de los últimos dos días. Revisó la fecha y la hora, solamente habían pasado dos horas desde que se despidieron de apretón de manos en la oficina del jefe.
 
Fue doloroso para Sergio el tener que trabajar el cuerpo de Lourdes, el cual era idéntico al cual soñó, los mismos lunares, la misma suavidad. “pero cómo… si fue un sueño, ella muerta” decía en vos baja, y con los ojos llorosos. No entendía.
 
Luego de la dura labor, le pidió la tarde libre al jefe. Sergio pasó comprando una botella de licor para llegar a su casa y bebérsela. Entró al apartamento y fue por un vaso, se sirvió un trago y se fue directo a la habitación, su desconcierto no pudo ser mayor al entrar en ver que su cama estaba revuelta y el aroma de Lourdes impregnado en sus sábanas.
 
Este texto se encuentra en el registro de la propiedad intelectual. Cualquier distribución sin autorización del autor, será penalizada de acuerdo a la ley.
 

miércoles, 31 de agosto de 2016

AÑORANDO

Mientras mi mente te  busca durante el alba y el ocaso
Acá estoy, insistentemente buscándote en mis sueños
Justo en el día que no pensé que te conocería
O pensando en una caprichosa broma del destino

Es un dilema que no sé cómo conjugar
Sonrisa y mirada que espero volver a apreciar
Belleza que jamás pude imaginar

Es una sensación de felicidad el que mis ojos te puedan apreciar
La satisfacción que mis sentidos tu presencia puedan sentir e degustar
La delicadeza de tu piel, la suavidad de tus manos, el sabor de tus labios

Ahora lo estoy imaginando, la realidad es un manjar que está esperando y al hacerlo, el cielo estaría tocando.

miércoles, 4 de mayo de 2016

LAS CONCHAS, Chahal, Alta Verapáz, Guatemala

Este post es luego de un recorrido que esta vida me ha dado la oportunidad de disfrutar, no me iré por las ramas; así que vamos a lo que vamos; igual... como bien dicen, las imágenes dicen mas que mil palabras. Obviamente daré una pequeña introducción, comentaré algunas fotografías las cuales son de mi absoluta propiedad, pero utilizaré un par que bajaré de la red y les daré su derecho de autoría.
 
 
Río Dulce, Izabal. Ya he hablado en otros post de ese increíble e impresionante lugar. Pero resulta que a escazos CINCUENTA KILOMETROS, buscando la carretera Transversal al norte del país (Guatemala) se llega al municipio de San Fernando Chahal en Alta Verapáz. Y luego de recorrer un ligero tramo de terracería se llega a un balneario de nombre LAS CONCHAS. La entrada se ve de lo mas normal, para ser un lugar en medio de la naturaleza. Precisamente no hay un lugar de parqueo estipulado, pero los lugareños habilitan terrenos para dejar los vehículos; mas para la temporada de verano que muchas personas lo visitan para disfrutar de un ligero chapuzón en estas pozas o bien, aquellos valientes que deseen tirarse un clavado desde su majestuosa caída de agua.
 
Si se viaja desde la ciudad capital, son cerca de CUATROCIENTOS KILOMETROS.
 
 





La tarifa de ingreso, es mínima, Veinticinco Quetzales (US$3.00) para nacionales y Treintaicinco Quetzales (US$4.50) para extranjeros; tipo de cambio aproximado.
 
Al ingresar se puede apreciar la naturaleza en su máximo esplendor; aunque por la fecha en la que tuve la oportunidad de visitar, la cantidad de visitantes era impresionante, dándole color y vida a este parque natural.






 
 
La siguiente fotografía es de la página www.gt.geoview.info brindando la panorámica del lugar. Luego las que siguen, fueron tomadas por mi persona.


 
Las siguientes, corresponden a diferentes puntos en las pozas en los cuales, tanto grandes y pequeños disfrutan de sus exquisitas aguas.



Esta es la caída de agua en donde varios se asoman, pero pocos los que se avientan. Yo fuí nada mas de los que me asomé, y es espectacular este lugar.








Luego del "chapuzón", no estaba de mas cerrar la visita con un delicioso KAK-IK que vendían en el lugar.


NOS VEMOS PRONTO....


jueves, 21 de abril de 2016

DESDE MI ESCRITORIO

“Me encuentro sentado acá en mi escritorio, en mi trabajo, la oficina en donde prácticamente he laborado toda mi vida; he sido una parte más de todo este personal que a diario lo veo pasar acá enfrente y que al mismo tiempo me ignoran, pues de plano; empecé hace más de veinte años a trabajar en este lugar. Últimamente han contratado gente muy joven, la cual yo ni conozco y menos que ellos me conozcan y mis contemporáneos ya ni los veo pasar por acá"

“Seguramente estoy tan viejo que ni me voltean a ver, cuando escucho que preguntan por mí, medio levanto la mirada y veo que voltean a verme y ni se sonríen; solamente ven y siguen su rumbo; me ignoran, lamentable luego que he sido una persona que a todos he ayudado a crecer y a enseñarles; ahora solo me voltean a ver y me ignoran. Es más, a muchos de esos jóvenes que me ignoran; a sus padres que en algún momento trabajaron acá; yo les enseñaba, no entiendo por qué ahora ese recelo. Sé que estoy viejo, canoso, arrugado y no mantengo esa presencia y personalidad que a lo mejor algunos años atrás más atractiva, pero mantengo el conocimiento, el respeto y la anuencia de seguir ayudando a las nuevas generaciones a salir adelante”

“He dado más tiempo a trabajar acá con la gente, en enseñarles a entender este trabajo que es de más maña y procesos que algo mecánico y rutinario. He pasado la mayoría del tiempo desde la pura madrugada y saliendo al caer el manto de estrellas por la noche.”

“Si algo ha sido bueno es que durante estos últimos meses, el gruñón de mi jefe ni me ha llamado para reclamarme como lo hacía normalmente, creo que ya está un poco más viejo que yo y ya solo esperan su jubilación para poder retirarlo”.

“Llegar a casa es una burla, ya todos se encuentran durmiendo y ni modo, me tengo que ir a acostar sin cenar ya que por la hora ni me esperaron y ni comida me dejaron”.

“No digamos en las mañanas, en donde me levanto temprano para poder llegar al trabajo a primera hora y así adelantar con varios temas; dejo a mis hijos y esposa durmiendo, esperando que esa tarde pueda al fin salir temprano para poder llegar y disfrutar con ellos; pero últimamente ya ni me esperan por lo tarde que he llegado”.

“Vengo decidido a sacarle provecho a este día y a terminar mis cosas lo antes posible”.

“Voy ingresando a las oficinas, buscando mi puesto de trabajo, pero vaya que solemnidad, el equipo de trabajo al cual pertenezco ha sido muy unido, pero como cosa rara, hoy están orando a medio pasillo, y no me dejan pasar a mi escritorio; sería una falta de respeto ir y pedir permiso mientras ellos están concentrados orando.”

“Mejor me espero acá a que terminen su ritual y sin decir nada me quedo al finalizar esta ceremonia que a saber por qué la están haciendo; luego me pasarán el chisme.”

“Al fin finalizaron, luego de esperar cerca de media hora, empiezan a desalojar el pasillo; pero algo hace que se me aguaden las piernas.”

“Todo el grupo triste, algunos llorando (los más antiguos), algunos nuevos guardando respeto; todos mirando hacia mi lugar”.

“En mi lugar un bonito arreglo de flores y una veladora con un vaso de agua y una fotografía mía”.

“Tenía rato de no ver a mi jefe; platicaba con otros amigos de la oficina que también ya no los había visto ya que ni pasaban cerca de mí; o cuando pasaban los miraba pasar de prisa frente a mí sin voltearme a ver; pero ya entendía el asunto;  mi jefe les decía que aún no podía creer que hace dos años que, por estar tenso ante una situación en el trabajo, me dio un infarto y quedé tendido sobre el escritorio y ya no volví a levantarme; yo había muerto”.

“Ahora entiendo por qué nunca ocuparon mi lugar; ahora entiendo por qué me ignoraban; y mientras tanto mis seres queridos han tratado de olvidarse de mi ante la poca presencia en el hogar y llorando por el tiempo que pude haberles dado y que no les pude proporcionar”.


“Mientras tanto seguiré deambulando, en mi pena de no haberle dedicado tiempo a lo que se lo tuve que dedicar”.